Una muerte anunciada

Gisèle Halimi, una abogada tunecina de origen judío, por más señas, relata en su libro de memorias Le lait de l’oranger (París, Gallimard, 1988) que Giscard D’Estaing, a la sazón presidente de la República Francesa, le comunicó el 28 de octubre de 1975 que el jefe de Estado español Francisco Franco había muerto.  Sí, he escrito bien: el 28 de octubre, aunque, como es bien sabido, no fue hasta el 20 de noviembre cuando el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, anunció a los españoles la muerte del Generalísimo, lo que, por un lado, parecía obedecer al deseo de vincular la memoria del dictador a la de José Antonio Primo de Rivera, fusilado en Alicante el 20 de noviembre de 1936, en tanto que alma máter del Movimiento Nacional que durante decenios dotó de ideología al régimen franquista, y, por otro, tenía un fuerte peso simbólico con más que probables repercusiones en el momento de la sucesión al frente del Estado español.

Crónica de una muerte anunciada, la del jefe de Estado tunecino Mohamed Beji Caïd Essebsi el pasado 25 de julio semeja a lo sucedido en España en el otoño del 75: tras una breve enfermedad mantenida casi en secreto, quienes tenían poder para ello hicieron coincidir el anuncio de la muerte del anciano presidente con la festividad del Día de la República.  Y esto ante la inminencia de las disputadísimas elecciones legislativas de octubre y las presidenciales de noviembre, justo en el momento de la presentación de las candidaturas, en un clima político de agitación e incertidumbre políticas dominado por el bibloquismo de laicos e islamistas y las cada vez más evidentes luchas intestinas entre las distintas facciones que los integran.  Lo que, dicho sea de paso, también recuerda a cierto episodio crucial para la historia del islam, la muerte en junio de 632 del profeta Mahoma, cuyo entierro hubo de esperar a que concluyesen las apasionadas deliberaciones de quienes luchaban a brazo partido por asumir el mando de la recién creada comunidad islámica, huérfana de su carismático líder y dividida en clanes de muy diverso signo.  

Profeta en la tierra que lo vio nacer, al difunto Caïd Essebsi le ha cumplido el raro privilegio para un jefe de Estado árabe de morir en su cama y, con toda probabilidad, de muerte natural, una de las pocas muertes a las que no parecía inmune el estadista tunecino, pues que, siempre desde posiciones próximas al poder, sobrevivió a cuantos gobernantes han regido los destinos del país norteafricano en el último siglo.  Así, conoció al último bey de Túnez, fue testigo del cenit y del ocaso del gran Habib Burguiba, se mantuvo al lado de Ben Alí, el dictador que suplantó al idolatrado Líder merced a un golpe de Estado médico, y, con la Primavera Árabe, resurgió de sus cenizas cual ave Fénix para batirse en la arena política con su rival, que no enemigo, Rachid Ghannouchi, el principal mandatario del partido islamista Al Nahda.  

Hombre del presidente Burguiba, la memoria de Essebsi quedará asociada, según su propia voluntad,  a la figura del creador del Estado tunecino moderno, y,  en el corazón de la gente, a los avatares sufridos desde 1956 por la joven República norteafricana, que, lejos de sentirse huérfana el día de su festividad, recibió el anuncio de la muerte de quien fuera miembro del influyente Neo-Destur, dirigente del temido y temible RCD y fundador del partido laico por excelencia, Nida Túnez, sin demasiadas alharacas, con una madurez ejemplar.  La misma que se espera y se desea para su transición hacia una verdadera, incondicionada democracia.

Publicado por fanduj

"... me gusta el río / jugar al fútbol / y estar ausente..." (R.B.)

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