Un sur plural

Tan cerca y, sin embargo, tan lejos, Marruecos y España comparten, además de la proximidad geográfica y una cierta continuidad histórica, un rasgo que las singulariza dentro del universo cultural en el que se inscriben: su situación periférica, una condición fronteriza que desde siempre ha condicionado su ser y su devenir en cierta forma insólitos en el seno de la civilización a la que pertenecen. En efecto, Marruecos, en la parte más occidental del mundo araboislámico (de donde Almagreb, nombre que recibe en árabe este país norteafricano), y España, en el confín meridional de Europa, se sitúan en el límite entre dos mundos, puente que une y barrera que separa al mismo tiempo a gentes, pueblos, creencias y mentalidades cuya riqueza principal tal vez no consista en otra cosa que en su irreductible diversidad.  

En el caso de nuestro vecino del sur, tal diversidad se traduce en que, por momentos, Marruecos, más que país, semeja continente, y ello en más de un sentido.  En efecto, en lo lingüístico, en lo literario y en lo cultural, hablamos de un territorio plurilingüe, donde la diglosia –o multiglosia, por mejor decir- es una realidad incontestable en la que conviven más o menos soterradas tradiciones y costumbres de muy diferente laya.  Un país continente, pues, que goza de una vitalidad extrema, a juzgar por los datos demográficos y, sobre todo, por las crecientes expectativas de un pueblo joven como nación pero consciente de la conveniencia de modernizarse sin renunciar por ello a sus señas de identidad.  

Consecuencia de este estado de cosas es la emergencia en los últimos decenios de una poesía extraordinariamente plural, diversa, multiforme, como se echa de ver en la excelente antología que de ella nos ofrecen Juan Antonio Tello (en tanto que editor y traductor del francés) y Victoria Khraiche Ruiz-Zorrilla (que se ocupa de la traducción de los poemas en árabe) en Al sur de la palabra.  Poetas marroquíes contemporáneos, volumen recientemente publicado, con la pulcritud que es marca de la casa, por Prensas de la Universidad de Zaragoza en “La gruta de las palabras”.

Con el referente ineludible de La poésie marocaine de l’Indépendance à nos jours de Abdellatif Laâbi (La Différence, 2005) –del que hay traducción al español: La poesía marroquí.  De la independencia a nuestros días (Ediciones Idea, 2006)-, la aparición de este volumen supone, más que una actualización del canon propuesto por el prestigioso escritor marroquí (también representado en esta entrega), una particularmente sugestiva revisión del panorama poético del país norteafricano a partir de algunas ideas fuerza que cohesionan y dan coherencia al conjunto, entre ellas, la que sustenta que tema de esta poesía es la identidad en conflicto, que busca trascenderse en un lenguaje atento a expresar la otredad del yo lírico confrontado a una realidad que lo obliga a rebelarse, a resistir o a buscar refugio; y que, para su mejor inteligencia, la obra de los autores seleccionados ha de leerse en clave de palimpsesto, como intento de restitución de sentido dentro un imaginario colectivo que se debate entre la continuidad y la ruptura.  Y es que, surgida a la par que revistas literarias del impacto de Aṯ-ṯaqāfa al-ŷadīda (La Cultura Nueva) y Souffles y potenciada gracias a instituciones como la Unión de Escritores Marroquíes y la Casa de la Poesía en los años que siguieron a la proclamación de la independencia, la poesía marroquí de nuestros días es producto de un imaginario colectivo en el que pesan tradiciones culturales de muy diverso signo, como la arabidad y la francofonía, que, en no pocas ocasiones, al tratar de imponer sus instrumentos: la lengua árabe clásica y el francés, pretextando fidelidad a los valores religiosos o necesidad estratégica de entrar en la modernidad, se han revelado (y aún hoy se revelan) como formas de colonialismo enemigas de la proteica realidad magrebí.

En esta selección, que agrupa a poetas nacidos entre 1942 (Laâbi) y 1988 (Raoui) con ordenación según un criterio alfabético, no faltan voces indiscutibles, como las de El Assimi, Loakira, Madani y Nissabouri; plenamente consolidadas, como las de Bassry, Bentalha, Kadiri y Najmi; y emergentes, como las de El Annaz, El Aoufir, Elkhassar y Fennane, que utilizan como vehículo de expresión el árabe clásico (del que ofrecen a las veces sus propias versiones en francés), alguna de las variantes del haz dialectal magrebí y el francés. Destaca el conjunto por la variedad de registros y por la calidad de las versiones ofrecidas por los traductores, que, sobre dar noticia del estado actual de la lírica marroquí, proporcionan la ocasión de deleitarse con la lectura de un ramillete de poemas asequibles a toda suerte de sensibilidades.  

Así las cosas, los de Aïcha Bassry (Settat, 1960) giran en torno a la soledad y constituyen una suerte de invocación a la ternura como modo de combatir la fragilidad del ser humano y la incomunicabilidad con sus semejantes.  Mohamed Ahmed Bennis (Tetuán, 1970) apuesta por la escritura como diálogo del hombre con el poeta más allá de cualquier espejismo, incluido el de la poesía, que, en su caso, abstracta y reflexiva a partes iguales, persigue el conocimiento de la realidad y no su mera representación.  Mohamed Bentalha (Fez, 1959) se nos aparece como pionero de una poesía culturalista de nuevo cuño en la que de algún modo se alinean  Abdelghani Fennane (Marrakech, 1969) Abdeljaouad El Aoufir (Rabat, 1980), Abderrahim El Khassar (Safi, 1975); todos ellos exploran en el ámbito de la identidad poniéndose en cuestión a través del desdoblamiento en personajes casi siempre situados en los márgenes de la sociedad y por medio del monólogo dramático. Maestros en el uso de la ironía, Abdellatif Laâbi (Fez, 1942), Mourad Kadiri (Salé, 1965) y Jamal Boudouma (Midelt, 1973) se sirven de la lucidez para verter una crítica en ocasiones sobremanera ácida sobre la realidad que los rodea.  Distinta es la estrategia que pone en juego el verbo impertinente de Abdelkhaleq Jayed (Kémisset, 1966) y, muy especialmente, Rachida Madani (Tánger, 1951), que, desde la provocación, se erige en portavoz de lo que no puede ni debe permanecer en silencio reivindicando incluso el grado cero de la esperanza.  El perseguido Abdelhak Serhane (Sefrou, 1950) suscribe una poesía contestataria que en los caminos del exilio canta a la rebelión y al amor con el objeto de rescatar signos y silencios del desierto de la soledad.  También desde lo errático del ser humano, Mostafá Nissabouri (Casablanca, 1945) celebra la belleza disolvente que emerge de la rabia, de la desazón, del desarraigo, ecos de una interioridad que se presenta a modo de “un paisaje saturado de reflejos  / que se estremece por su inestabilidad” (p. 143).  Acaso el más lírico del conjunto, Hassan Wahbi (Inezgane, 1957) aboga por una poesía despojada que se adentra en la geografía íntima del silencio y contra el caos organizado de la sociedad toma partido por la levedad de las cosas simples y sencillas.  Pero en este completo panorama de voces y de ecos, donde asoman por doquier máscaras y espejos, el estado de búsqueda permanente que caracteriza a los veteranos Mohamed Loakira (Marrakech, 1945) y Abdallah Zrika (Casablanca, 1953) es, a no dudarlo, lo que mejor define a los poetas presentes en el  volumen, todo él la mejor respuesta posible a la cuestión formulada en sus versos por Nassima Raoui (Rabat, 1988), la benjamina del grupo: “-Quién soy –pregunta mi alma plural (…) / ¿Quiénes somos nosotros / en esta multiplicidad? “ (p. 153). 

Publicado por fanduj

"... me gusta el río / jugar al fútbol / y estar ausente..." (R.B.)

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