La muerte de un dictador

En su exilio dorado de Yeda, como un refugiado de lujo al amparo del régimen saudí, moría hace algunas semanas Zine al Abidine Ben Alí, el hombre que rigió los destinos de Túnez desde noviembre de 1987 hasta enero de 2011 con bastante más pena que gloria a juzgar por los hechos más destacables de su mandato.  Para empezar, siendo la mano derecha del presidente Burguiba, no le tembló el pulso para derrocarlo merced a un golpe de Estado médico que relegó al ostracismo al otrora líder de la independencia.  Con el respaldo del partido que fundó con el objeto de aumentar su clientela y legitimarse al frente de la nación, el temido y temible RCD, instauró luego una dictadura policial que reprimió con inusitada dureza cualquier forma de oposición al régimen, en no pocas ocasiones con la connivencia de sus aliados de Occidente.  Finalmente, en sus últimos años de gobierno desarrolló un patrimonialismo de manual que convirtió al Estado tunecino en propiedad particular de su familia, o, por mejor decir, de la familia de su ahora apenada viuda, Leila Trabelsi, jefa de un clan que se apoderó de incalculables bienes muebles e inmuebles públicos y privados con prácticas delictivas propias de la vecina mafia siciliana. Y es que, si nimio es el legado político que ha dejado el dictador a los tunecinos, como prueba el más bien exiguo 4 % obtenido por Abir Moussi, la candidata de sus nostálgicos seguidores en las últimas elecciones presidenciales, todo lo contrario sucede con la cuantiosa herencia que habrán de disfrutar sus descendientes, una fortuna valorada en unos seis billones de euros.  A lo que hay que añadir cuanto rapiñaron en su día los Trabelsi, hoy a buen recaudo en los paraísos fiscales de todo el mundo.

Siendo ello así, durante más de dos décadas bien distinta fue la imagen del dictador proyectada por unos y por otros en el exterior del país: supuestamente liberal y laico, Ben Alí mantuvo al RCD en el seno de la Internacional Socialista justo hasta el momento en que triunfó la Revolución de los Jazmines y, como campeón contra la amenaza islamista que desde el rápidamente ilegalizado Ennahda de Rachid Gannouchi parecía cernirse sobre el territorio tunecino, contó con la amistad de importantes líderes europeos, entre ellos, el ex primer ministro italiano Bettino Craxi, que, prófugo de la justicia transalpina, terminó sus días como un turista más en Hammamet.  O el también recientemente fallecido Jacques Chirac, quien, preguntado en el curso de una visita oficial al país norteafricano por la más que problemática relación de Ben Alí con los derechos fundamentales de las personas, respondió que su homólogo tunecino, asegurando techo, sustento y trabajo a buena parte de sus compatriotas, cumplía más que sobradamente con sus deberes humanitarios.  Muerto Gadafi y depuestos Mubarak y Buteflika, cualquiera que se viese en la tesitura de escribir una necrológica sobre Ben Alí estaría tentado de titularla “El último dictador”, pero personajes del estilo del general Ahmad Gaïd Salah en Argelia, del mariscal Haftar en Libia y del general al Sisi en Egipto vendrían a desmentirle de inmediato.  Lo que nadie podrá desmentir, en todo caso, es que, de momento, ningún gobernante ni régimen parecen en disposición de erradicar los males que asuelan Túnez, el Norte de África, el Tercer Mundo desde la descolonización hasta nuestros días: la pobreza, la desigualdad, la corrupción y la violencia, sobre todos. 

Publicado por fanduj

"... me gusta el río / jugar al fútbol / y estar ausente..." (R.B.)

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