Yequtiel b.Yisḥaq b.Ḥassan: un visir judío en la taifa de Zaragoza

Metrópoli islámica fronteriza, capital de la Marca Superior hasta la desintegración del califato, la Zaragoza islámica era a principios del siglo XI encrucijada que, por su privilegiada posición geoestratégica, se prestaba con facilidad al contacto entre musulmanes y cristianos, muy especialmente a través de transacciones comerciales en las que los judíos intervenían con cierta frecuencia como intermediarios.  

Establecida allí desde tiempo inmemorial, la población judía rondaba a principios del siglo XI  los 1200 residentes, aproximadamente, un 6 % del total, según las estimaciones de Ashtor (1979: 252 y ss.), dedicándose, preferentemente, a la artesanía, y, más en concreto, a la floreciente industria textil y a la del calzado, y  disfrutando, por otra parte, de plena libertad de movimientos para mantener relaciones comerciales con los reinos cristianos del norte de la Península y del sur de Francia. Cifra que se incrementó notablemente con el flujo migratorio a que dio lugar el clima de inestabilidad política vivido en el sur de Alandalús, la comunidad judía contribuyó a convertir la Saraqusta tuŷībí en una de las ciudades más prósperas de la península ibérica, pero también en centro cultural que albergaba, junto un pequeño núcleo de caraísmo (Enyclopedia judaica, 1972: 858-9), un significativo cuerpo de intelectuales que recibía el apoyo de sus dirigentes.

Todo parece indicar, en efecto, que “(…) the position of the jews in the royal court of Zaragoza was far more satisfactory.  They were less suspect of siding with the christian rulers and they not have to atone for misdeeds of rulers of their own faith.  Jews entered and left the court, moving freely within it.  In those days the type of jewish dignitaries, learned and imbued with pride, became a crystallized entity in Zaragoza and the other capitals of Moslem Spain such as were know particularly in the period of christian dominance in the later Middle Ages.  The spirit of tolerance wich prevailed in the royal courts of the provincial kings of Moslem Spain in the eleventh century enabled those jews to attain emicence” (ibid.: 256).

Entre ellos se contaba Menāhim b. al-Fawwāl, al decir de Sāʿid al-Andalusī (1999: 151), “eminente en el arte de la medicina, versado en el saber de la lógica y en el resto de las ciencias filosóficas.  Tiene un tratado relativo a la introducción de las ciencias filosóficas, se titula Kanz al-muqill (El tesoro del pobre).  Lo dispuso en forma de preguntas y respuestas, incluyendo en él la totalidad de las leyes de la lógica, así como los principios de la física”.  O, siguiendo con la relación del primer historiador de la ciencia,  el gramático y lexicógrafo oriundo de Córdoba Abdelwalīd Marwān, conocido como Yonah b. Ŷanāḥ (h. 990-h. 1050), que, habiéndose formado en Lucena en diversas disciplinas, como la filología, la exégesis bíblica, el lenguaje de la Mishná y el Talmud, emigró a Zaragoza, donde, por una parte, se dedicaría a la medicina, escribiendo “un buen tratado relativo a la interpretación de los medicamentos simples, así como a la determinación de las dosis utilizados en el arte de la medicina, dependiendo de los pesos y medidas” (id.) y, por otra, formaría a un grupo de jóvenes discípulos interesados en cuestiones lingüísticas, legando a la posteridad el avanzadísimo en su tiempo Kitāb at-tanqīh (Libro de la corrección), primer tratado de filología hebrea que se ha conservado íntegramente.  Y, a su lado, Abū Amr Yūsuf b. Ḥasday, miembro de una distinguida familia cordobesa que fue compañero en su juventud de Shemuel b. Nagrella y padre de Abū-l-Faḍl Ḥasday b. Yūsuf, destacado científico y  visir judío (que al final de su vida islamizó) durante el mandato de los tres régulos hūdíes de Saraqusta, al-Muqtadir (1046-1082), al-Muʾtaman (1082-1085) y al-Mustaʿin (1085-1110).

Medio de promoción social de que se valieron con frecuencia los judíos de las clases privilegiadas, el conocimiento de la lengua y de la cultura árabe clásica le abrió las puertas de la cancillería califal a Abū Amr Yūsuf b. Ḥasday  que, empleado como secretario merced a su perfecto estilo árabe (Ibn Ezra, 1986: 74), sentó el precedente que tiempo después haría llegar a Yequtiel b. Yisḥaq b. Ḥassan al rango de visir en el gobierno de Munḏir II, último soberano de la citada dinastía.  Al igual que aquel, con una amplia y sólida formación religiosa, experto conocedor de la Torah y de la ḥalaḫah, Yequtiel en absoluto negligió la herencia cultural de sus ancestros y, a la par que el dayyan (juez) de Saraqusta por aquellas fechas, Rabbí David bar Saʿadya, autor este de un tratado de legislación en el que criticó las ḥalaḫot guedolot, no solo hizo contribuciones económicas a las academias talmúdicas de Palestina y Babilonia sufragando los gastos de los estudiantes que en ellas se formaban, sino que intercambió desde la distancia opiniones sobre todo tipo de cuestiones de la ley judía.      

Basándose, sobre todo, en los panegíricos y en las elegías de Ibn Gabirol, varias son las teorías acerca del origen y personalidad de Yequtiel b. Yisḥaq b. Ḥassan que a lo largo del tiempo han avanzado los investigadores.  A partir de tales documentos, Graetz trató de reconstruir el desastrado final de este visir judío, asesinado junto a Yahyà (vale decir, Munḏir II) en la sangrienta revuelta a que dio lugar la tensión política y la lucha por el poder de las facciones principales de la familia tuŷībí. Geiger, por su parte, lo identificó con Ḥassan b. Ḥassan, en virtud de cierta alusión de un poema de Ibn Gabirol que celebra la grandeza o sagacidad de Yequtiel en el campo de la astronomía, identificación pronto refutada por el desajuste cronológico de ambos personajes y por la insalvable diferencia de sus nombres. Derenbourg defendió que, en realidad, se trataba de su hijo.  Y, finalmente, Schirmann lo asoció a la familia de los Ibn Qapron, observando que Yequtiel es el correlato en hebreo del término árabe mutawakkil (‘el que confía en Dios’) y, por tanto, Yequtiel b. Yisḥaq b. Ḥassan y al-Mutawakkil b. Yisḥaq b. Qapron, una y la misma persona (Ibn Gabirol, 1987: 20).  En cualquier caso, parece probado que, además de una educación judía tradicional, nuestro personaje recibió una instrucción general en lengua y cultura árabe que le procuró la estimación de Munḏir II, que lo encumbró al visirato, muy probablemente en calidad de consejero.  Y, también que, como dirigente de la comunidad judía, a su cargo estaba la organización de la vida cotidiana de sus miembros, encargándose del buen funcionamiento de la enseñanza, de la fundación de obras pías y del pago a los funcionarios y a los encargados de la sinagoga, al tiempo que era responsable de la recaudación de sus impuestos y tasas, entre otros, los que gravaban el degüello ritual de carne para el consumo, la venta del vino y las transacciones comerciales.

Así las cosas,  la mejor fuente de información sobre Yequtiel b. Yisḥaq b. Ḫassan es, a no dudarlo, la poesía de Shlomo b. Yehudá b. Gabirol, autor de la importante obra filosófica Meqor ḥayim (Fuente de la vida) y de una de las colecciones líricas más sobresalientes de la literatura hebrea, Keter Malḫut, que, habiendo nacido en Málaga en torno a 1020, niño aún, emigró con su familia a Saraqusta, donde, gracias a la bonanza y a la tranquilidad del reino tuŷībí,  recibió una esmerada educación.  Interesado por el arte de la poesía, Ibn Gabirol demostró desde temprana fecha una madurez extraordinaria y, al mismo tiempo, una alta autoestima que pronto le granjeó no pocos enemigos, haciéndosele necesario recurrir a poderosos mecenas que lo protegiesen, entre ellos, Yequtiel b. Ḥassan.

Antes de proceder a un análisis detallado de las menciones a Yequtiel contenidas en la poesía secular de Ibn Gabirol, conviene hacer al menos dos puntualizaciones.  En primer lugar, hay que llamar la atención sobre el hecho de que, ante la falta de otro tipo de fuentes documentales, tradicionalmente ha recaído sobre la poesía, archivo de la historia de los árabes según la opinión tradicional, la función de informar sobre sus asuntos y, teniendo en cuenta que, además de su alta formalización, consistente en la repetición de temas, motivos, clichés y estereotipos casi invariables, los géneros más valorados dentro de ella de siempre han sido el panegírico y la sátira, con una nunca solapada función propagandística, no resulta difícil concluir que menguado, cuando no absolutamente nulo, es el grado de objetividad que podemos encontrar en ella.  Y, en segundo lugar, es preciso observar que, en concreto, la poesía de Ibn Gabirol, que revela un conocimiento exhaustivo de la literatura árabe, no escapa ni mucho menos a tal formalización, de manera que lo que con frecuencia se ha interpretado como expresión de la arrogancia de su carácter sin ninguna dificultad se puede reinterpretar como juego literario que obedece al tópico de la vanagloria (alfaḫr), y sus sentidas alabanzas y lamentaciones en torno a la figura de Yequtiel b. Ḥassan, con el que, al parecer, mantuvo una relación no siempre plenamente satisfactoria (ibid.: 96 y 174), como otras tantas muestras de un talento poético formado en la tradición poética árabe presidida desde época preislámica por el panegírico (al-madīḥ) y por la elegía (ar-riṯaʾ).

Sin ánimo de menoscabar el contenido emocional de los textos, hallamos en el corpus poético de Ibn Gabirol doce composiciones que le están dedicadas: nueve panegíricos y tres elegías.  En ellas se ensalza su condición de “príncipe”, “nasí de príncipes y soberanos” y “señor de los señores”, encomiando su amor a la sabiduría, como mecenas protector de artistas, intelectuales y estudiantes en términos tan encendidos como los que siguen:

¿Cómo puede desear el corazón del hombre la necedad

cuando una gota de inteligencia es su esperanza y su refugio?

(…)  El entendimiento está en la cima de los caminos de Dios

y Dios por la luz de su fuerza los oculta.

Lo ha puesto sobre a todos como a un rey,

ha escrito el nombre de Yequtiel en su enseña;

lo ha colocado como estandarte sobre los reyes;

Lo ha extendido sobre el universo como al cielo (ibid.: 100-1).

En otro lugar celebra su bonhomía como dirigente de la comunidad, celoso guardián de sus derechos ante los soberanos musulmanes a los que sirve, y así:

El mundo es muy agradable, como si

Yequtiel fuera para su cabeza corona de oro;

de la judía es corona, es su diadema,

su ornamento, es la luz de su alma, su sol.

Surgió para practicar clemencia, y la tierra

está a punto de temblar ante él.

Con la verdad apacienta el ganado disperso,

se yergue entre ellos en lugar de los tres pastores.

Gracias a su santidad la débil es curada,

por su bondad la perdida es buscada.

Los bríos de todos los impíos quebranta,

los deja como el polvo de la tierra trillada.

Se esfuerza por dictar sentencia a los desfallecidos,

en sus días halla su alma alivio.

El universo se regocija por su verdad,

como si hoy se viera renovado (ibid.: 108-9).

Con todo, la generosidad de este visir judío, a quien “todos los soberanos le aguardan / su palabra todos los príncipes esperan” (ibid.: 115), es la virtud más exaltada por Ibn Gabirol que, tal vez previendo la inquina que nobles y poderosos desatarían sobre él a la muerte de su protector, acaso con una sinceridad que entebrece hasta extremos ciertamente extraordinarios en la lírica árabe y hebrea de la época la composición, llora la injusta ejecución de Yequtiel a manos del populacho acaudillado por Abdallah b. Ḥakam en otoño de 1038 o en la primavera de 1039:

He aquí a Yequtiel que hace expiación por vuestros pecados

para que, ante el Señor, vuestro rey, seáis puros.

Sea y considere Dios su sangre como

los holocaustos que por mano de Aarón se ofrecían.

Despertará y se erguirá, según su suerte, el día

en que muchos serán purificados y acrisolados.

Cesaron los leales, los piadosos se acabaron

en los días de Yequtiel que han terminado (ibid.: 275-76).

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Publicado por fanduj

"... me gusta el río / jugar al fútbol / y estar ausente..." (R.B.)

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