Poesía preislámica: la Ḥamāsah de Abū Tammām

Ofrezco aquí una breve pero representativa muestra de la Ḥamāsah de Abū Tammām, una de las más reputadas colectáneas de poesía preislámica, por medio de la retraducción de alguno de los extractos incluidos por S. Stetkevyck en Abu Tammam and the poetics of Abbasi Age (Leyden, Brill, 1991).  Elegidos de entre los diferentes capítulos que integran el conjunto, propongo realizar un seguimiento de imágenes, temas y motivos (adviértase, en especial, el del vino, identificado con la sangre y la alegría que procura en tanto que satisfacción del honor) esperando se pueda apreciar en ellos algo del ideal artístico que de, algún modo, define a su autor: la transformación de una serie de tópicos que forman parte del patrimonio poético de los árabes desde época preislámica en irradiante red de significados, imaginaciones y sentimientos, al decir de Adonis, que penetra la historia interpretándola con una sensibilidad plenamente moderna, característica ya de la época ʿabbasí.

Ḥamāsiyyah 51

Si la otra tribu hubiera admitido ganado como rescate

le hubiéramos enviado uno, (numeroso) como torrente a punto de desbordarse.

Pero clan que ha perdido a uno de sus miembros

renunció a la alegría que viene con deshonor y eligió la sangre en lugar de la leche.

Ḥamāsiyyah 88

Yo soy Abu Barzaḫ, cuando reina el espanto

ni cobarde ni pusilánime.

Poderoso, sí, y en la flor de la juventud.

La muerte, hoy tan próxima, no vale para mí un ardite.

Más dulce que la miel es para nosotros la muerte,

los hijos de Dabbah, campeones de la Batalla del Camello.

Hijos de la muerte cuando ella resplandece,

anunciamos la de Ibn `Affan con el filo de nuestras espadas.

Solo una cosa pedimos:

restituidnos a nuestro jefe.

Ḥamāsiyyah 273

En la senda montañosa que se extiende hasta Saʿl

yace un hombre cuya sangre no ha sido vengada.

Para mí dejó la carga, y se fue.

Mis hombros cargan con ella desde entonces.

A la venganza me dirijo, como hijo de su hermana,

siempre dispuesto a luchar: nuestro vínculo sigue presente.

Con la mirada hacia abajo, destilo la ponzoña de la muerte,

como serpiente a punto de atacar fatalmente.

Duras fueron las noticias que nos llegaron, tan graves

que todo parecía poca cosa a su lado.

Tiránico, el destino me ha convertido

en un ser desdeñoso que no desdeña a su gente.

Era como la luz del sol en un día frío,

frío y sombrío, aunque la canícula apretaba.

Curtido, y resistente a la dureza,

era generoso, astuto e independiente.

Resuelto sobre todo, no descansaba nunca

hasta que, decidido, se salía con su intento.

Abundante lluvia, al regalar,

al asaltar, era como un león salvaje.

No tenía freno entre los de su clan; con la capa colgándole, sus labios oscuros

prorrumpían en la batalla alaridos de lobo y de hiena.

Estrecho de caderas, le gustaban la coloquíntida y la miel

y ambas probaron todos los hombres.

Cabalgaba hacia delante, solo,

sin otra compañía que la cerrada noche del Yemen.

Muchas bandas de jóvenes se pusieron en camino al mediodía;

caminaron toda la noche y al amanecer descansaron,

cada uno acompañado de su afilada espada,

como relámpago cuando sale de su vaina.

Se bebieron el sueño a sorbos y, embriagados por él,

los asustaste y se dispersaron.

Descargó la venganza sobre ellos y de las dos tribus

pocos escaparon.

Si los hijos de Hudayl enfundaron sus espadas,

no fue sin una mueca hecha por la suya,

y porque les hizo besar la tierra endurecida

de tanto que la habían hollado los camellos.

Y porque la corriente de la mañana los encontró en sus guaridas,

muertos, arruinados, dispersos sus rebaños.

Conmigo Hudayl se ha extinguido,

hombre abundante cuya espada no descansa

hasta que ha probado la corriente de la mañana

y, cuando ha bebido, vuelve a ella sediento todavía.

Junto a los alaridos de las hienas sobre los derribados Hudayl,

ves al lobo mofarse de sus cuerpos

y a los buitres, con sus estómagos hinchados, batir sus alas

sin poder alzar el vuelo, reptando sobre ellos.

El vino está permitido ahora, como antes fue ilícito:

la grandeza de la hazaña lo ha convertido en legal.

Así que, oh, Sawad b. ʿAmr, sírvele un trago a este cuerpo

que un día estuvo enfermo por la muerte de su tío.

Ḥamāsiyyah 484

A compañeros leales, en sus copas rebosantes de alegría,

escancié, cuando aparecían las estrellas.

Las alcé y, con vino fuerte,

aparté el velo del deshonor del que nos censura.

Entonces, en mitad del festín,

un joven generoso, atrevido, magnánimo,

se montó en su camello, robusto, bien formado,

cojeando al punto, quebrándosele íjares y costados.

Sirvió abundantemente a sus compañeros

y trajo un par de jarras y más copas desbordantes.

El vino que ves en sus vasijas, fuerte y oscuro es

como el tono de la piel bien curtida por el sol.

Nos levantamos luego y nuestras monturas sumisas, de patas anchas y jorobas altas,

delicadas gacelas parecían cuando el amanecer se posa en las arenas de Kuhzaq.

Pasamos la noche regocijándonos entre almizcle,

con nosotros, cantoras y muchachas bañadas en agua tibia.

Danzamos y danzamos y, a nuestro lado,

ricos y pobres de júbilo resplandecían.

Luego abrimos una fosa, hueca por debajo,

y la cubrimos con láminas de pizarra.

Ḥamāsiyyah 577

Los dos pregoneros de la separación han anunciado:

“Deja que él, que lloraría por la partida de su tribu, vuelva a mí.

Ojalá mañana fuera otro día y el tiempo que quedase, una noche interminable

aherrojando a la humanidad entera.

Deja que los jóvenes atrevidos lloren porque, en efecto, imagino que mañana

es el día señalado para nuestra partida”.

Ḥamāsiyyah 596

Mi tribu pastorea en las tierras altas mucho más

que la recua que tú lideras, Ḥariṯ b.ʿAmr.

Sois un cielo lleno de nubes cuyo ruido sorprende a la gente

con su viento aborrecible estrellándose poderoso como látigo.

Parte las cuerdas de las tiendas y desperdiga los guijarros,

pero nada es más decepcionante que sus relámpagos y sus truenos.

De ahí, el lamento de las madres de estos caballeros

por su belleza y esplendor, cuando se encuentran con el enemigo, (sobre todo) si no emprenden la fuga.

Ḥamāsiyyah 607

Si oyen un cargo contra mí, lo escuchan con agrado;

cuando alguien me lisonjea, entierran sus halagos al instante.

Sordos cuando me escuchan decir algo bueno,

cuando hablan mal de mí, son todo oídos.

Temerarios por ello, se acobardan en mi presencia.

¡Qué abyectos atributos la temeridad y la cobardía!

Publicado por fanduj

"... me gusta el río / jugar al fútbol / y estar ausente..." (R.B.)

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