El gran cisma

A la muerte de Mahoma el 6 de junio de 632 (13 de rabīʿ al-awwāl del año 11 de la hégira), la mayoría de los habitantes de la península arábiga, así perteneciesen a las tribus nómadas o seminómadas que ambulaban, sobre todo, por el Naŷd, así estuviesen establecidos en los enclaves sedentarios del Ḥiŷāz o en las principales poblaciones del Yemen, se habían adherido al islam (término cuya traducción al español no dista demasiado del concepto de sumisión).  Sin embargo, tal estado de cosas estaba lejos de asegurar la estabilidad en el conjunto del territorio, pues, por un lado, de acuerdo a las costumbres tribales de época preislámica, los pactos sellados en vida del Profeta habían dejado de tener efecto el mismo día de su muerte y, por otro, su inesperada pérdida había generado en la comunidad islámica una situación de incertidumbre que de alguna forma parecía favorecer la proliferación de visionarios a lo largo y a lo ancho de Arabia dispuestos a aprovecharse del vacío de poder suscitado por una cuestión sucesoria aún no del todo zanjada. 

En este contexto hay que entender la aparición de “falsos profetas”, como el negro ʿAyhala en el Yemen y Musaylima en Arabia Central o la profetisa Saŷāh en el Naŷd, y la inmediata reacción del primer califa (del árab. ḫalīfah ‘sucesor, vicario’) designado por la comunidad, Abū Bakr aṣ-Ṣiddiq (el Fidedigno), que no vaciló en emprender acciones bélicas contra ellos a fin de garantizar la sumisión de todas las tribus de la Península, al tiempo que iniciaba su expansión hacia los territorios del norte, campo de batalla de dos imperios ya en declive, el bizantino y el sasánida, exhaustos tras siglos de contienda en contienda.  

La temprana desaparición de Abū Bakr le impidió asistir al exitoso final de la guerra de de la Apostasía (Ridda) el año 635, gracias al cual quedaba garantizada la cohesión interna del Estado fundado por Mahoma, y, tampoco, a las campañas emprendidas fuera de la península arábiga por su segundo sucesor, otro musulmán de la primera hora, ʿUmar b. al-Ḫaṭṭāb.  Aprovechándose de la debilidad de los citados imperios y del entusiasmo de los combatientes musulmanes, generales de la talla de Ḫālid b. al-Walīd, Abū ʿUbayd, ʿAmr b. al-ʿĀs y Saʿd b. Abī Waqqās condujeron a sus ejércitos a la victoria, muy especialmente, en sendas batallas libradas, primero, en las riberas del Yarmuk, en verano del 636, luego, en Qādisiyyah, en la primavera del 637, que acabarían con la hegemonía de bizantinos y persas y con la conquista de Jordania, Palestina, Siria, Irak y territorios limítrofes.

Más allá de la ganancia obtenida por cada combatiente y del aumento de las arcas del incipiente Estado islámico, a la conquista (ʿanwān, “por la fuerza”, o ṣulḥān, “gracias a un tratado”) debía seguir la nada fácil tarea de organizar el territorio conquistado, reto al que ‘Umar y sus gobernadores respondieron evitando alterar en la medida de lo posible el día a día de la población sometida, concediéndoles el amán en caso de tratarse de judíos, cristianos, mazdeístas y otras gentes del Libro (ahl al-Kitāb) y, en lo tocante a la gestión de la vida pública, recurriendo al personal administrativo y a los usos y costumbres preexistentes, limitándose, en cualquier caso, a ocupar la posición correspondiente al vencedor en la jerarquía social resultante dentro del nuevo orden de carácter islámico.  Importantes a estos efectos fueron las medidas fiscales y los impuestos que se vieron obligados a satisfacer, sobre todo, los no musulmanes, uno de capitación llamado ŷizyah, que variaba en función de la categoría social, hábitat, edad, etc., y otro sobre bienes muebles e inmuebles conocido como ḫarāŷ. Huelga decir que los musulmanes (tampoco las tierras musulmanas) estaban exentos de todo impuesto que no fuese el azaque, como prescribe el Corán.  Por otra parte, al éxito de la conquista contribuyó que los conquistadores con el paso del tiempo no tuvieron empacho en mezclarse con la población autóctona, no obstante agruparse en un primer momento en campamentos militares (miṣr, pl. amṣār), como Basora y Kufa, en Irak, y Fusṭāṭ, en Egipto, y en cuatro circunscripciones (ŷund, pl. aŷnād) en Siria, muchas veces en función de su origen tribal.

Ello no obstante, la rapidez y eficacia de la expansión del nuevo Estado se vieron empañadas por los hechos que siguieron al asesinato de ʿUmar por parte de un esclavo persa en 644 y a la necesidad de elegir a la mayor brevedad posible un nuevo califa, lo que obligaba a los dirigentes de la ummah o comunidad islámica a replantearse el nunca bien resuelto problema de la legitimidad en la sucesión de Mahoma.  La elección de ‘Uṯmān b. Affān, miembro eminente de la aristocracia mecana reacia en un primer momento a la predicación mahometana, motivó la airada reacción de ʿAyša, una de las viudas del Profeta, y de ‘Alī, su primo y yerno, que, contaban, muy especialmente, el segundo con el apoyo de una legión de partidarios (chiíes, de šīʿah‘partido’), además del todopoderoso ‘Amr en su feudo de Egipto, del que acababa de ser desposeído por el nuevo califa, y notables qurašíes, como Talḥa y Zubayr, que se hallaban respaldados por la importante guarnición de Basora.  La situación se había agravado con el nombramiento por parte de ‘Uṯmān de cargos de responsabilidad para sus familiares y allegados, más que nada, como forma de controlar a los gobernadores de ciertos territorios que habían alcanzado un poder político y una riqueza personal que eran susceptibles de amenazar la autoridad del califa.  Sea como fuerte, la batalla del Camello, librada contra fuerzas comandadas por ʿĀiša, Talḥa y Zubayr,  con victoria final de las tropas califales, tuvo como consecuencia el exilio, más o menos voluntario, de ‘Alī y sus partidarios chiíes y su reagrupamiento en la guarnición de Kufa en Irak, y, con él, el origen del gran cisma (al-fitnah al-kubrà) que aún hoy divide a la comunidad musulmana en dos grandes facciones: los chiíes y los sunníes. 

El gran cisma de la comunidad islámica se remonta, más en concreto, a los hechos que siguieron al asesinato de ‘Uṯmān en 656, muy probablemente con la connivencia de quien sería designado inmediatamente nuevo califa, ‘Alī, y se verificó de forma bien tangible en una batalla decisiva para la historia del islam, la que tuvo lugar en el verano del 657 en Siffin, en el Éufrates medio, entre Siria e Irak.   Partidarios de ‘Alī y tropas al mando de Muʿawiyyah, que demandaba justicia ante la muerte de su tío, el anciano califa que le había confiado el gobierno de Siria, se enfrentaron entre sí hasta que los combatientes del bando omeya enarbolaron hojas de Corán en la punta de sus lanzas en gesto que tenía por objeto llamar la atención sobre la necesidad de someter a juicio divino la resolución del conflicto.  No todos los partidarios de ʿAlī acataron por igual la decisión de este de interrumpir la lucha fratricida y aceptar lo que se conoce como el arbitraje de Adrah, que, en efecto, falló contra él poniendo el califato en manos de Muʿawiyyah.  Uno de estos descontentos, que de ahí en adelante se contarían en el número de los ḫariŷíes (los salientes, del árab. ḫaraŷa‘salir’), acabaría con la vida de ‘Alī en 661 en la mezquita de Kufa; con ello quedaba vengada la feroz represión que este había desencadenado contra sus expartidarios y que había desembocado en la masacre de Nahrawān.

El periodo que concluye con el atentado mortal contra ‘Alī, que coincidió en día y hora con otros dos, cometidos por exaltados ḫariŷíes en las personas de Muʿawiyyah en Siria y de ʿAmr b. al-ʿĀs en el Cairo, sin éxito en estos casos, es conocido por la tradición sunní como el de los califas ortodoxos (al-ḫulafaʾ ar-rašidūna), todos ellos, paradójicamente, muertos en trágicas circunstancias.  Chiíes y ḫariŷíes, por su parte, no reconocen ninguna legitimidad ni a ‘Uṯmān ni, en algunos casos, al resto de los califas ortodoxos; tampoco, a sus decisiones, entre ellas, la de compilar el Corán y sancionar su versión canónica –la Vulgata de ‘Uṯmān-, desechando los muchos apócrifos que circulaban en la época. Y, desde luego, aún conceden menos crédito al advenimiento de la primera dinastía en el mundo araboislámico, la iniciada por el omeya Muʿawiyyah, que habría de mantenerse al frente de la comunidad islámica durante su primer siglo de existencia. 

Publicado por fanduj

"... me gusta el río / jugar al fútbol / y estar ausente..." (R.B.)

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