El chiismo

Frente al islam oficial, que, en líneas generales, coincide con el sunnismo tal como lo conocemos en la actualidad, el chiismo hace referencia al partido que, en los primeros tiempos del islam, siguieron los legitimistas que reclamaban para ʿAlī la jefatura de la comunidad islámica, y ello no solo en razón de su vínculo familiar con Mahoma, del cual era primo y yerno, ni de su antigüedad como creyente, pues no en vano había sido el segundo en islamizar tras Ḫadīŷa, la esposa del Profeta, sino muy principalmente en virtud de su intachable comportamiento moral y religioso y su conocimiento de la sunna.

Así las cosas, por encima de los enfrentamientos armados, casi siempre saldados con la derrota de los chiíes, y de la enemiga de ambas facciones entre sí, lo que distingue a los partidarios de ʿAlī de los sunníes radica en la cuestión de la constitución política del imanato, esto es, la dirección de la ummah.  Después de la batalla de Siffin en 657, tres eran las opciones que tenía ante sí el Estado islámico: la de los sunníes, cuyo criterio se impondría al fin y a la postre, que habían limitado la elegibilidad de imán a los miembros de la tribu del Profeta, es decir, a los banū Qurayš, independientemente del clan del que se tratase; la de los chiíes, que rechazaban el principio electivo y abogaban por la sucesión de ʿAlī y sus descendientes apelando a una suerte de derecho divino; y, finalmente, la más democrática, la de los ḫariŷíes, que habían determinado que cualquier musulmán por la bondad de sus actos podía alcanzar el imanato.

Además de la cuestión de la elegibilidad, chiíes y suníes disienten en las prerrogativas del imán, término preferido por los chiíes en contraposición al de califa, utilizado por los sunníes: su carácter eterno, su magisterio religioso y capacidad sobrehumana para ejercerlo, su impecabilidad y conocimiento de lo oculto, condiciones todas ellas que acompañan al jefe de la comunidad según la concepción del chiismo.  Contra tales convicciones se alzan los sunníes, que en modo alguno aceptan una de las tesis principales de los chiíes: que el verdadero Corán solo es conocido por los imanes y únicamente será promulgado por el imām mahḏī, el último de ellos, el día de su venida; ni mucho menos prácticas como el contrato matrimonial llamado mutʿah, matrimonio temporal que restringe la unión conyugal a un tiempo determinado y con una dote también determinada.  Por otra parte, la glorificación de ʿAlí por parte de los chiíes en lo que toca a sus virtudes guerreras, a su sabiduría y habilidad caligráfica y a su condición de taumaturgo no dejan de parecer hiperbólicas a los sunníes, que tampoco contemplan con buenos ojos los excesos a que dan lugar celebraciones como la de la ʿašūrah el décimo día del mes de muḥarram, en la que se conmemora el martirio de Ḥusayn, el hijo pequeño de ʿAlī y Fāṭimah, en Kerbala en el 680.  En efecto, el ambiente de violencia y represión, el sufrimiento y la tristeza que han generado entre los chiíes sus múltiples reveses políticos y militares a lo largo de la historia confieren al movimiento un sentido trágico que certifican bien a las claras episodios como la muerte de Ḥasan y, sobre todo, Ḥusayn, las persecuciones de que fue objeto la comunidad en los tiempos del califa abasí al-Mutawakkil y el saqueo y destrucción del mausoleo del más pequeño de los álidas por parte de los wahabíes en 1801.

Dentro del chiismo, cabe distinguir una serie de corrientes, cada una de ellas relacionada con algún descendiente de ʿAlī y con unas características propias.  Así, por citar solo alguna de las más importantes, la secta de los zaydíes, implantada en el Yemen desde principios del siglo IX y apoyada por los huṯíes que gobiernan hoy en la capital, Saná, remonta a ʿAlī Zayn al-ʿĀbidīn, nieto de Ḥusayn que se rebeló contra los omeyas en 740 y que murió luchando contra ellos en Kufa.  

Mucho más influyente en la hora presente, los duodecimanos rigen el Estado de Irán desde la revolución del imán Jomeini en 1979.  Los duodecimanos qaṭʿiyyah (del árab. qaṭaʿa‘cortar´), que se hicieron fuertes en Persia a principios del siglo XVI con la ascensión al poder de la dinastía ṣafawí, son también numerosos en amplias zonas de Irak y de la India, reconociendo todos ellos a una serie de sucesores directos de ʿAlī  que terminó con la desaparición (ġaybah) del duodécimo imán, Muḥammad al-Mahḏī, cuando apenas contaba con diez años. Dentro de la jerarquía ecleséastica reconocida por los chiíes duodecimanos, los mullā, equivalentes en algún sentido a los ulemas de los sunníes, gozan de plena libertad para fundamentar sus decisiones jurídicas, sin necesidad de acudir a las fuentes para ello, y su papel ante las autoridades políticas puede ser extraordinariamente crítico pues no en vano cuentan con el apoyo del pueblo.

Los ismaʿilíes o septimanos, motejados de exagerados (ġulāt, sing. ġālī) por sus enemigos, reconocen como séptimo y último imán a Muḥammad, hijo de Ismāʿīl y nieto del sexto imán, Ŷaʿfar aṣ-Ṣādiq.  Importantísimos en distintos momentos de la historia del islam, llegaron a constituir durante el siglo X un califato, el fāṭimí, que desde el Norte de África, primero, y, luego, desde Egipto discutió la autoridad del califato abasí en Oriente, amenazando al propio tiempo el poder del califato omeya en Alandalús.  Sus doctrinas, que han de exponerse a los fieles progresivamente, siguiendo una cuidadosa graduación, desembocan en el bāṭin, enseñanza esotérica que solo puede ser aprehendida mediante taʾwīl, exégesis alegórica, que, en opinión de acreditados ulemas y alfaquíes, llega incluso a negar algunos artículos fundamentales del dogma ortodoxo y a justificar en ciertas ocasiones prácticas susceptibles de corromper la fe y la moral del creyente. Para difundir estas doctrinas, además de los propagandistas (duʿāt, sing. dāʿī), particularmente activos en esta secta, cuentan con un cuerpo de textos que constituyen referencias indispensables para sus seguidores en todo tipo de materias: Derecho, exégesis, verdades filosófico-científicas, tradiciones religiosas. Entre ellas, hay que mencionar la doctrina del ḥuŷŷah (argumento), también llamada del bāb (puerta), según la cual solamente un intermediario (el ḥuŷŷah o bāb) es capaz de acceder a la verdadera realidad del imán, de alguna forma, velado por la ley en la “noche de la fe”, periodo de tiempo (de aproximadamente siete mil años) al término del cual llegará el “día de la fe” (también de siete mil años), en el que el imán se manifestará en todo su esplendor. Finalmente, por referirnos a algunas tendencias dentro del chiismo que han jugado un papel importante en la historia del islam o que tienen cierta implantación en el mundo araboislámico de nuestros días, citaremos a los cármatas, seguidores de Ḥamdān Qarmaṭ, que propugnaban un sistema igualitario equiparable al comunismo contando por ello con el respaldo de las clases más desfavorecidas, lo que les permitió poner en jaque en más de una ocasión a los califas abasíes.  O a los acólitos de otro propagandista fāṭimí, al Ḥasan b. Ṣabbaḥ ar-Rāzī, que, después de hacerse fuerte en el castillo de Alamūt, remozó las antiguas doctrinas chiíes mediante lo que llamó propaganda nueva (daʿwà ŷadīdah) incitando a perpetrar toda suerte de crímenes político-religiosos a sus ḥašīšīn, así conocidos por la sustancia con que se embriagaban antes de llevarlos a cabo.  De actualidad por razones muy otras, los drusos, concentrados en el sur de Siria y en el Líbano, y los nuṣayríes o ʿalawíes, secta a la que pertenece la familia al Asad que desde hace décadas detenta el poder en Siria, son ejemplo del sincretismo religioso que caracteriza a buen número de corrientes chiíes vigentes en la actualidad.  Los drusos constituyen un grupo hermético reacio al proselitismo que cree que el número de almas en el mundo está estrictamente limitado, por lo que admiten la metempsícosis –o transmigración de las almas- de un cuerpo a otro.  De esta creencia participan también los nuṣayríes o ʿalawíes, que llaman la atención sobre el hecho de que la Vía Láctea está formada con el alma de los creyentes convertida en estrellas, distinguiendo en el proceso de la metempsícosis siete grados de descenso, equiparables al Infierno, y otros tantos de elevación, que culminan en el Cielo.  Por otra parte, niegan que las mujeres tengan alma, razón por la cual se hallan excluidas de la comunidad, que, dividida en iniciados y profanos, venera también a algunos santos cristianos, como san Juan Crisóstomo, santa Bárbara y santa Catalina, además de incluir en su calendario religioso festividades cristianas, chiíes y sunníes, que celebran en sus propios domicilios encendiendo velas e incienso y consagrando vino.

Publicado por fanduj

"... me gusta el río / jugar al fútbol / y estar ausente..." (R.B.)

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