Arabismos del español

Es bien conocido que, después de la lengua latina, la árabe, o, por mejor decir, el dialecto andalusí, es la lengua que más influido en la formación de la lengua española o, para ser exactos, del conjunto de lenguas utilizadas en la península ibérica, esto es, el territorio que actualmente ocupan España y Portugal, durante la Edad Media.  Y ello a causa de la existencia, en ese territorio y a lo largo de ese periodo histórico, de un estado araboislámico conocido con el nombre de al-Ándalus.   E igualmente conocido es que, entre las lenguas habladas en la Unión Europea, con excepción del portugués, y, a cierta distancia, del italiano, el español es la lengua que debe al árabe préstamos de mayor importancia, tanto en cantidad: excluidos los topónimos, dos mil términos en uso o en desuso, aproximadamente, como en alcance, pues que afectan a todos los niveles y a todos los registros de la lengua, desde lo culto hasta lo popular y desde lo formal hasta lo coloquial.

            Con respecto a otras lenguas europeas, la especificidad de los préstamos del árabe en nuestra lengua consiste en que, por un lado, estas palabras de origen árabe fueron incorporadas al español como resultado del contacto directo y continuo entre pueblos que cohabitaron en la península ibérica durante casi diez siglos y y, por otro, que su incorporación se realizó por vía del dialecto árabe andalusí, y no a través de la lengua árabe clásica, como en el caso de la mayoría de los arabismos presentes en francés, inglés, alemán, etc., en el caso de estas lenguas, como consecuencia de relaciones políticas, económicas y culturales mantenidas desde la Edad Media hasta nuestros días entre élites ilustradas o entre Estados.

            En efecto,  desde un principio, conviene dejar claro que el grupo más nutrido de arabismos del español proceden del dialecto andalusí, por lo que es mucho más correcto hablar de andalusismos, y el dialecto andalusí (o, para ser exactos, el haz de dialectos andalusíes hablados a lo largo y a lo ancho de la península hasta principios del siglo XVII) es el resultado del contacto entre las diferentes lenguas y dialectos hablados por los pueblos que habitaban ese territorio y por los musulmanes, árabes y, en su mayoría, bereberes, que lo conquistaron después de la entrada en el reino visigodo de los ejércitos de Tāriq b. Ziyād y Mūsà b. Nusayr en el año de 92 H./711 C.  Así pues, a la llegada del contingente musulmán, el panorama lingüístico estaba dominado por una variedad peninsular del latín, que, con las interferencias debidas al contacto con otras lenguas, se siguió hablando en el ámbito familiar y en las zonas menos arabizadas del territorio durante bastante tiempo, variedad a la que se superpuso un dialecto árabe específicamente andalusí que pronto se convirtió en principal vehículo de expresión en las actuaciones formales de conquistadores y conquistados.  En la formación de este dialecto intervinieron factores que, a la larga, habrían de tener reflejo en los arabismos del español.  Por ejemplo, la procedencia mayoritariamente yemení de los árabes que entraron en la península, con un dialecto que, por ejemplo, conservaba la antigua pronunciación del fonema ḍāḍ, como en su día observaron gramáticos de la talla de Sibawayhi y al-Ŷinnī, justifica préstamos como alcalde y aldea(desde las palabras andalusíes correspondientes: alqáḍī aḍḍáʾiah).  Y no menos importancia tuvo la influencia de las lenguas bereberes habladas por la mayoría de los conquistadores de al-Ándalus pues a ella se debe, según el consenso de los especialistas, el mantenimiento del artículo aglutinado en las más antiguas palabras de origen árabe presentes en el castellano. Compárense, por ejemplo, voces del español como azúcararroz(derivadas de assúkararrúz) con las correspondientes de otras lenguas europeas: sucreriz, etc., en este segundo caso procedentes de relaciones comerciales y tomadas a partir del árabe clásico.   

            En cualquier caso, dado el prestigio social que confería el dominio de la lengua, y, con ella, de la cultura, de los conquistadores, este fenómeno de bilingüismo que caracterizó la situación lingüística de la península ibérica durante dos siglos al menos, progresivamente, fue evolucionando hacia un monolingüismo en el que el se impuso el dialecto andalusí como lengua de comunicación y el árabe clásico como lengua de cultura.  A ello contribuyó decisivamente la política califal de ʿAbdarraḥmān III en el siglo IV H./X C., resultado de la cual fue el elevado número de arabófonos, entre cinco y siete millones de personas, que pudieron registrarse entre los siglos V y VI H./X y XI en territorio andalusí.

              En relación con la introducción y difusión de los arabismos más tempranos, hay que mencionar el papel que jugaron los mozárabes, cristianos completamente arabizados que comenzaron a emigrar hacia el norte de la península a mediados del siglo III H./IX C. y que, gracias a su superioridad cultural, alcanzaron enorme relevancia social en los incipientes reinos hispánicos, actuando como consejeros en las cortes o desempeñando importantes cargos en la Iglesia.  En efecto, los mozárabes son los responsables de la introducción de buen número de préstamos que incluyen todos los órdenes de la vida. En lo que respecta a la organización social, valgan a modo de ejemplo los siguientes nombres de oficio, a la presente todavía en uso: alcalde, alcaidealguacil.  En lo que respecta al ejército: arráezalférezadalid.  En lo que respecta a oficios, los casi desaparecidos hoy en día albéitaralfayatealfageme, junto a los habituales albañilalbaránalmacén, testimonian la importancia de los préstamos del árabe en la vida económica.  Palabras relacionadas con el agua, como acequiaaljibeaceña, con la vivienda: azotea,alcobaalféizar, con el ajuar doméstico: almohadaalfombra,alhaja, con la diversión y el entretenimiento: azarajedrez, jaque mateadufealbogue y la españolísima guitarra, engrosan una larga lista de innovaciones que, en su momento, fueron introducidas en las sociedades cristianas de la península (y, después, de toda Europa) por estos mozárabes emigrados.

            Sin embargo, con el paso del tiempo, los acontecimientos políticos y militares que a partir del siglo VII H./XIII C. condujeron a la hegemonía cristiana en el territorio peninsular, con la excepción del reino nazarí situado en las actuales provincias de Málaga, Granada y Almería, al mismo tiempo acarrearon un cambio en la situación lingüística de sus pobladores, que, desde el bilingüismo entre dialecto andalusí y lenguas romances, evolucionó a la preponderancia de estas últimas, resultando un monolingüismo de nuevo cuño con predominio del castellano, del portugués y del catalán, con pequeñas bolsas de hablantes de árabe andalusí, llamados mudéjares, primero, y moriscos después de la caída de Granada en manos cristianas en 897 H./1492 C.  

            Mudéjares y moriscos, es decir, musulmanes que prefirieron someterse a las autoridades cristianas antes que emigrar a tierras del islam, también jugaron un importante papel en la labor de introducción y transmisión de arabismos en las lenguas romances utilizadas en el conjunto de la Península, si bien ahora su escasa consideración social, que los relegaba a oficios poco estimados por los cristianos, como los relacionados con el mundo de la construcción o el de la agricultura, o, en el caso de los moriscos, con los de arriero o de nodriza, condiciona el carácter de estos préstamos, que afectan, sobre todo, a órdenes tan elementales de la vida cotidiana como el lenguaje de los juegos y canciones infantiles y el lenguaje nefando.  Siguiendo la argumentación de nuestro querido maestro, el profesor Federico Corriente, a título de ejemplo citaremos el estribillo de cierta canción popular española que comienza “A la lima y al limón, que te has de quedar soltera”, de todo punto incomprensibles si se ignora la forma en que los pregoneros andalusíes ejercían su oficio.  O, también, cierta variante de una famosa canción infantil que principia: “Estaba el señor don Gato…”, y que, en algún momento, remata una de sus estrofas con un “Ate ale pum”, cuya explicación más cabal ha de buscarse en la reproducción casi literal de una frase árabe.

            Para concluir, a modo de resumen, podemos decir que los arabismos del español, muy numerosos y, sobre todo, extraordinariamente profundos, son de dos clases: arabismos a los que, con propiedad, debiéramos llamar andalusismos y que proceden de la interferencia de lenguas en contacto, principalmente, las derivadas del latín y las variedades del árabe, clásico y dialectal, utilizadas en la península durante la Edad Media; y los arabismos, introducidos a partir del árabe clásico, con frecuencia desde el francés o el italiano, y que son el resultado de relaciones económicas y comerciales, científicas y culturales. De ambos tipos de arabismo hay muestra en el español y, en ocasiones, a partir de la misma fuente.  Así, almirante,alguacilazoraAlcorán son los andalucismos correspondientes a los arabismos emirvisirsuraCorán, introducidos posteriormente y por vía diferente.

            En cualquier caso, si son numerosos los arabismos de uno y otro tipo que forman parte del español actual, algunos plenamente reconocibles, como aceiteazúcaralgodónalbóndiga, otros no menos corrientes aunque de modo no tan reconocible, como tarea,barriojabalíbaldío, lo cierto es que el único procedimiento morfológico que debe el español al árabe y que a día de hoy conserva su vigencia es la derivación de los gentilicios con terminación en –í/-íes, al modo de marbellíceutísaudí, etc., relacionada con los adjetivos de nisbah en árabe. Ello no quita para reconocer la decisiva importancia de la civilización araboislámica, y, más en concreto, de nuestro pasado andalusí, en la personalidad de los pueblos y las lenguas de España, y la huella imborrable que dejó en el castellano o español, lengua hablada hoy en día por más de quinientas millones de personas en todo el mundo. 

Publicado por fanduj

"... me gusta el río / jugar al fútbol / y estar ausente..." (R.B.)

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