La Marca Superior: un espacio de frontera

   Capital de la Marca Superior, Zaragoza fue, desde la llegada de los conquistadores musulmanes en el año 95/714, sede del gobernador que controlaba, en calidad de general y recaudador de tributos, el amplio territorio que se extiende desde Nájera hasta Lérida a lo largo del valle del Ebro, abarcando además zonas situadas al norte de este valle, como Huesca y Barbastro, y otras ubicadas en el sur, como las anejas a Albarracín, en principio, pertenecientes a la Marca Media. El excelente sistema defensivo de la ciudad y el buen estado de conservación del núcleo urbano preexistente fueron factores que, a buen seguro, condicionaron tal elección por parte de los nuevos gobernantes que, de acuerdo a sus atribuciones militares y administrativas, optaron por establecerse allí donde una privilegiada posición geoestratégica permitiera el control efectivo de una zona de gran importancia económica. Zaragoza, desde luego, cumplía tal requisito, pues en ella confluían varias calzadas romanas: la que comunicaba Astorga y Tarragona remontando el valle medio del Ebro; la que, pasando por Tarazona, Calatañazor y Osma, se abría hacia las poblaciones surcadas por el Duero; la que llegaba desde Mérida tras atravesar las antiguas mansiones de Anobriga (Arcos de Jalón), Aquae Bilbitanorum (Alhama de Aragón), Bilbilis (Calatayud) y Nertobriga (Calatorao); y la que, descendiendo por el valle del Duero, alcanzaba Contrebia, identificada con Daroca, y, desde allí, Luco de Jiloca y Calamocha, donde se dividía en dos ramales, uno oriental, que se prolongaba hacia Levante, y otro occidental, que, desde Molina de Aragón, llegaba hasta el valle del Tajo.

Dividida en varias circunscripciones, la Marca superior comprendía, además del distrito de Zaragoza, los de Tudela, Calatayud, Huesca, Barbiṭāniya (entre Barbastro y Boltaña), Lérida, Huesca, Tarragona y Tortosa, cada uno de los cuales ejercía control sobre su zona desde núcleos de población que, en opinión del historiador darocense J. L. Corral, obedecían a un programa actuación urbanística que incluía, bien el fortalecimiento de ciudades hispanogodas, por lo general, antiguas sedes episcopales (Tarazona, Huesca, Zaragoza), bien la revitalización de los viejos núcleos iberrorromanos (Borja, Ejea, Azuara, Tauste, Magallón), bien la fundación de ciudades de nueva planta (Calatayud, Daroca, Tudela, Fraga, Barbastro, Albarracín).  Además de estos centros urbanos, regidos, en muchas ocasiones, por representantes de la nobleza local que habían islamizado convirtiéndose en muladíes, había una serie de castillos y fortalezas que lindaban con el área pirenaica y donde se hallaban establecidas guarniciones que, sin pretender ocupar el territorio, desde posiciones estratégicas, se encargaban de controlar y, en su caso, defender los límites septentrionales de Alandalús, además de recaudar los tributos, la capitación personal (ğizyah) y el impuesto territorial ḫarāğ) que debía entregar la población sometida en los primeros tiempos de la conquista.  En virtud de los pactos concluidos por aquel entonces, habitaba esta población un espacio que recibía la denominación de dār al-ʿahd, término administrativo que hacía referencia a su particular situación, ni integrado plenamente en dār al-islām ni situado exactamente en “la morada de la guerra” (dār al-ḥarb), es decir, el territorio cristiano no sometido a las autoridades islámicas.

De todo ello resultaba un espacio de frontera de límites imprecisos y marcado por una doble ambigüedad: los destacamentos emplazados en él, vanguardia y, al mismo tiempo, retaguardia del ejército musulmán, tenían a su cargo la misión de atacar al enemigo y de defender su propio territorio, pero el éxito de estas acciones ofensivas y defensivas en modo alguno garantizaba el poder y la fortaleza de Alandalús.  Antes bien, si por un lado, estas tropas se aseguraban de preservar la paz y la seguridad de las gentes que habitaban las fronteras del país, por otro, sus cabecillas, por mor de la lejanía de la autoridad central, gozaban de una amplia autonomía política, haciendo caso omiso de las disposiciones del gobierno de Córdoba y enfrentándose a la amenaza del enemigo del norte no sin sucumbir frecuentemente a la tentación de aliarse con él y al deseo de convertir su independencia de hecho en una independencia jurídica.  

Situación que, por otra parte, en modo alguno era novedosa en la civilización arabo-islámica puesto que tal espacio, inseguro e inestable por definición, era designado ya por los árabes de época preislámica con el término ṯaġr, ‘abertura’ o ‘paso’, acepciones que no se apartan demasiado de las incluidas en el concepto de limes de los romanos ni de las del kleisourai  (> kleisorós ‘barricada’) de los bizantinos.  Identificado en origen con todo “país abierto a las incursiones del enemigo donde se libran combates de detención”, en acertada definición de C. Pellat, la rápida expansión del imperio hacia Oriente y Occidente habría de acarrear cierta especialización del término, que, con el paso del tiempo, pasó a referirse a la línea de fortificaciones enclavadas en el norte de Siria, que constituían una suerte de cabeza de puente sobre el imperio bizantino y a las que acudían aquellos voluntarios que deseaban combatir contra los infieles con la finalidad de cumplir el precepto coránico del ğihād.  La administración omeya, para la que primaba el valor estratégico de la frontera antes que su intrumentalización ideológica, no utilizó con fines propagandísticos esta dimensión simbólica y religiosa del espacio fronterizo, preocupándose más bien de conceder a los partidarios de su dinastía distritos (ağnād) poco conflictivos en el interior de dār al-islām.  Sin embargo, esta es la concepción que habría de prevalecer finalmente gracias a la islamización del régimen llevada a cabo por la dinastía ʿabbāsí en los siglos II / VIII y III / IX.  En efecto, de acuerdo al propósito de crear un dispositivo fronterizo de carácter estatal alejado de las pretensiones y de las veleidades de la aristocracia militar, los califas ʿabbāsíes utilizaron las fronteras con fines propagandísticos al servicio de sus intereses legitimistas, acentuando con ello la importancia fundamental que habrían de tener para el islam medieval.    

A fin de esclarecerla en toda su extensión, conviene puntualizar que, como ha puesto de manifiesto E. Manzano, “el espacio político medieval, lejos de ofrecer una cohesión y un carácter unitario, se caracteriza precisamente por su discontinuidad; todo en él en la práctica es una frontera.  El carácter inorgánico del espacio medieval es perceptible en muy diversos aspectos, y se manifiesta, por ejemplo, en la contraposición campo-ciudad, en el antagonismo entre sociedad nómada y sociedad sedentaria o en la existencia de innumerables enclaves señoriales que fragmentan y dividen el territorio”.  A tal realidad se suporpone, por otra parte, la particular articulación del espacio en la civilización araboislámica clásica, donde con frecuencia se nos aparece como una proyección ideológica desprovista de su prístino sentido territorial. Así, del mismo modo que el proceso de urbanización es inseparable del proceso de islamización de la sociedad, y ambos, de la sustitución de una organización social basada en estructuras tribales que giran en torno al carácter nómada o sedentario de cada uno de sus grupos, la noción de frontera, lejos de indicar la contraposición entre humanitas y ferocitas que subyace en el concepto de limes romano, fue vinculada a la del celo en la defensa del islam.  De ahí que al máximo dignatario de la comunidad islámica compitiera, además del mantenimiento de la religión y de la organización de la administración fiscal, la protección de las fronteras de los musulmanes, constituyendo obligación de cuyo puntual cumplimiento dependía en buena parte la legitimidad de su poder, como certificaría Mawārdī (364 /974-450 /1058) en un célebre tratado sobre la organización gubernamental.

En un primer momento, la frontera de Alandalús se ajustó al modelo oriental, consistiendo en una línea de fortificaciones que jalonaban las inmediaciones del Pirineo ocupadas por guarniciones más o menos estables que tenían la doble función de garantizar la recaudación de los tributos que gravaban a la población sometida en los valles y montañas más inaccesibles y de servir de base para las expediciones militares al “país de los infieles”.  Frenada la expansión islámica tras la batalla de Poitiers (110/ 732), que puso fin a la intensa actividad militar desplegada por el ejército musulmán allende los Pirineos en los decenios que siguieron a la conquista de Alandalús, los límites territoriales quedaron fijados y los castillos y las fortalezas más septentrionales pasaron a constituir única y exclusivamente una barrera de contención contra posibles incursiones del enemigo, controlada, al igual que los núcleos de población dispersos por la zona, por el gobernador asentado en la capital de la Marca. 

En la más temprana muestra de la historiografía andalusí, los Aḥbār mağmuʿah(siglo II / IX), marca (ṯaġr) designa única y exclusivamente la región fronteriza de Zaragoza, refiriéndose a ella como lugar donde los árabes encontraron refugio tras una sublevación de los bereberes establecidos en el norte de la península ibérica ocurrida en el año 122/740, y “a propósito de cierto asceta que gustaba de practicar el ğihād en esta zona y que habría emitido ciertas profecías concernientes a la instalación del primer omeya en al-Andalus”.   Conocida preferentemente como la Marca Superior o la Marca Extrema, aunque atestiguadas también las denominaciones de “Gran Marca” y “Marca suprema”, solo a partir del siglo IV/X las fuentes comienzan a distinguir entre una Marca Lejana y una Marca Próxima (×aġr adna), sectorialización ampliada en el emirato de ʿAbdarraḥmān II mediante la adición de una Marca Oriental, que, lindante con los emergentes condados catalanes, correspondía al territorio comprendido entre Tortosa y la región de Levante, y una Marca Media, que designaba la zona que, bordeando la Extremadura castellana, se extiende desde Toledo hasta Atienza, al norte de Medinaceli.

El particular régimen administrativo, fiscal y militar de la Marca, que permitía a sus gobernadores gozar de una amplia autonomía política, así como la adscripción étnica, mayoritariamente yemení, del contingente musulmán que se estableció en ella, fueron los factores determinantes de una historia política marcada, ya desde el momento de la conquista, por el signo de la rebeldía.  Así, durante el corto periodo del valiato, en la Marca Superior se reprodujeron los continuos enfrentamientos que libraban árabes del norte y árabes del sur en el conjunto de la península ibérica, caracterizándose por su tendencia proyemení, manifiestamente hostil hacia los muchos generales qaysíes enviados por los valíes de Alandalús.  En vísperas de la entrada de ʿAbdarraḥmān I el Emigrado en la Península, cabe consignar la rebelión de un tal Alʿabdarī, jefe de las expediciones militares que, en nombre de la dinastía ʿabbāsí, logró agrupar a yemeníes y bereberes de la Marca y puso en jaque al gobernador qaysī Aṣṣumayl, radicado en Zaragoza.  De mucho mayor calado, la rebelión del también kalbí Sulaymān b. Yaqzān Alʿarabī y sus sucesores, de acuerdo al cronista Alʿuḏrī, tuvo su origen en un enfrentamiento tribal, pues que, habiéndose establecido en Córdoba tras la llegada de Badr, el sagaz y fidelísimo cliente de ʿAbdarraḥmān I, a Zaragoza en calidad de gobernador de la Marca, “a raíz del encuentro de Muyyassir (Bembézar) recibió una poesía, compuesta por un tal Alqudaʿī, en que le incitaba a vengar a su pueblo, del linaje de los yemeníes (en virtud de lo cual) Abandonó, pues, Córdoba y entró en Zaragoza”, como refiere De la Granja en su estudio fundamental sobre la Marca Superior.  Ello no obstante, antes que a causas de origen tribal, la rebelión de este personaje parece haber obedecido más bien a la voluntad de ampliar su dominio, en principio restringido a la zona más oriental de la Marca, lo que le llevó a desafiar al primer emir independiente de Córdoba hasta el punto de buscar el apoyo militar de Carlomagno, a quien convenció para que dirigiera personalmente la expedición que en el año 161/ 778 le llevó a las puertas de Zaragoza. Fuera como fuese, la defección a última hora de  Alanṣārī, a la sazón, gobernador de Zaragoza, motivó el fracaso de una campaña que terminó con el famoso episodio de Roncesvalles, en el que el ejército carolingio fue masacrado por una coalición de fuerzas comandadas por los dos hijos de Sulaymān b. Yaqzān, a quien Carlomagno había retenido tras su retirada de Zaragoza, y por la muerte del rebelde un año después a manos de su antiguo aliado, deseoso de congratularse con el emir de Córdoba.  

Ya durante el emirato de Alḥakam I, Ibn Marzuq se alzó en el año 182/798-799 contra los Banū Salama, señores de Huesca, estableciéndose luego en Zaragoza, adonde hubo de desplazarse el muladí ʿAmrūs b. Yūsuf, que ya había mostrado su probidad contra los rebeldes de Toledo, para restablecer el orden en nombre de la autoridad cordobesa.  Habiendo coronado con éxito su empresa, la pujanza de ʿAmrūs en la capital de la Marca no pudo por menos que suscitar la animadversión de los Banū Qasī, otra familia muladí poderosa en la zona.    Ello daría origen a una larga historia de alianzas y de intrigas políticas en las que, desaparecido el trasfondo tribal de los enfrentamientos entre miembros de la aristocracia militar de origen árabe, prevalecería el ansia de consolidar el creciente poder que habían adquirido en la zona los descendientes de los que, como el conde Casius, habían decidido islamizar en los primeros tiempos de la conquista.

Así las cosas, como ha señalado E. Manzano (1991: 232-3), en vano se buscará en las fuentes referencias a linajes que ejerzan un dominio tan destacado como el que nos consta que lograron imponer las familias muladíes de los Banū Qasī o de los Banū ʿAmrūs durante buena parte del siglo IX / III H. en los territorios de la Marca Superior.  Es curioso comprobar que los antepasados de casi todas estas familias habían establecido vínculos de clientela con las familias árabes que intervinieron en la zona durante la primera época del emirato.  Los Banū Qasī, cuyos dominios hemos visto ya que se encontraban originariamente en las zonas del antiguo “limes” visigodo contra los vascones, y que dominaron el panorama político de esta zona, ocupando eventualmente Zaragoza, así como las zonas más orientales de Huesca y la Barbiṭāniya, procedían del conde Casius, de quien se nos dice que se convirtió en cliente (mawla) de los Omeyas. Los descendientes del ʿAmrūs a quien acabamos de ver actuando para la familia de Sulaymān b. Yaqzān primero y para los Omeyas después, consiguieron imponer su control en la ciudad de Huesca durante la segunda mitad del siglo IX.  

Además, para reforzar su poder en la zona, estas familias favorecieron los enlaces matrimoniales entre sus miembros y los nobles cristianos que ocupaban los territorios lindantes con la frontera y, así, de la unión entre los Banū Qasī y los Iñigos de Navarra,  merced al matrimonio en segundas nupcias de la vascona Onneca con Mūsa b. Fortūn, habría de nacer Mūsa b. Mūsa (m. 246/862),  el llamado “tercer rey de España”, quien, apoyado por su hermanastro Íñigo Arista, señor de Pamplona, tras innumerables rebeliones contra los emires de Córdoba, llegó a controlar un extensísimo territorio que, a juzgar por la Crónica de Alfonso III, comprendía, además de la parte más septentrional de Alandalús, zonas del centro de la Península como Toledo y Guadalajara. 

Enquistada la rivalidad entre los Banū Qasī y los Banū ʿAmrūs, a la muerte de Mūsa b. Mūsa, los emires omeyas hubieron de recurrir a gobernadores omeyas que, desde las principales ciudades de la Marca, trataron de aminorar, sin demasiado éxito, el poderío de estas familias muladíes. Con el mismo propósito Muḥammad I concedió privilegios a la familia árabe de los tuğībíes, asentados en la región desde los tiempos de la conquista, medida que, ya en el emirato de ʿAbdallāh, daría su fruto cuando Muḥammad Alanqar logró apoderarse de Zaragoza en el año  274/890. Hostigados por Alfonso III, el pamplonés Sancho Garcés I (905-925) y por Abdarraḥmān III, los últimos miembros de la otrora poderosa familia de los Banū Qasī fueron finalmente reducidos y trasladados a Córdoba en calidad de rehenes, lo que, de algún modo, significaba poner fin a la rebeldía histórica de la Marca Superior, puesto que, más allá de los esporádicos intentos de rebelarse contra el sólido poder central impuesto tras la proclamación del califato en el año 313/929 por parte de Abdarraḥmān III, la fidelidad de los gobernadores tuğībíes terminó por imponerse, al punto de que dos de ellos, Muḥammad y Yaḫyà, gracias a los servicios prestados en las campañas militares contra los reinos cristianos y en el norte de África, fueron especialmente honrados en la corte cordobesa de ʿAbdarraḥman III y de Alḥakam II, extendiendo su dominio a los últimos reductos muladíes de la Marca, Barbastro y Huesca.No varió demasiado la situación con la llegada al poder de Almanzor y los ʿāmiríes, si bien, habiendo participado el tuğībí ʿAbdarraḥmān, gobernador de Zaragoza, en el complot contra Almanzor urdido en 373/989 por uno de sus propios hijos, el todopoderoso chambelán (ḥāğīb) de Alḥakam II delegó el poder de la Marca en aquellos miembros de la dinastía que habían permanecido leales a su causa, entre ellos, en Munḏir, cuyas cualidades guerreras le valdrían su nombramiento como general del ejército de la frontera y que, apenas diez años después, se convertiría en el primer régulo de la taifa de Zaragoza. 

Publicado por fanduj

"... me gusta el río / jugar al fútbol / y estar ausente..." (R.B.)

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