Saraqusta, s. V H./XI d.C.

Enclavada en una privilegiada posición geoestratégica en tanto que principal nudo de comunicaciones entre importantes núcleos de población desde tiempo remoto y dotada de los no pocos recursos naturales de que provee la huerta feraz que baña el río Ebro y los afluentes que desembocan en él, Zaragoza, capital de la Marca Superior desde la entrada de los conquistadores musulmanes en la ciudad en la primavera del año 95/714, gozó de inmejorable fama entre los cronistas y los geógrafos árabes medievales dentro de la excelente opinión que, por la benignidad de su clima y la riqueza y variedad de sus terrenos,  les merecía la península ibérica.  

Así, en la breve descripción que de ella hace Arrāzī,  el maestro de los cronistas andalusíes, leemos: “Saragosse se trouve a l’Est de Cordoue.  Son terroir est excellent ; il a beaucoup d’arbres, et de fruits et des produits savoureux.  Sa fertilité est universellement réputée.  Saragosse se trouve sur l’Ebre : ce fleuve reçoit a Saragosse un affluent, le fleuve Gallego, qui vient des montagnes de Vasconie ; il permet l’irrigation de nombreux jardins potagers.  Saragosse possède de grandes plaines, qu’on arrose grāce aux trois cours d’eau suivants : le Gállego, le Jalón et le Huerva (trad. Lévi-Provençal). 

         Mucho más explícita y no menos elogiosa es la noticia que de la cora de Zaragoza y sus contornos nos proporciona Alʿuḏrī (m. 478 / 1085), discípulo del gran cronista cordobés, quien, tras enumerar las jornadas de camino que la separan de Córdoba, afirma que “Zaragoza es la ciudad que tiene mejor suelo y las más abundante en frutales.  Sus frutos son de inmejorable claridad.  Está construida a orillas del Ebro, que es el río que viene del monte al-Buskunsa y desemboca en el mar Mediterráneo, en la costa de la ciudad de Tortosa.  La irrigación de Zaragoza procede del río Gállego” (trad. De la Granja).  No obstante su clima continental y un más bien escaso régimen pluviométrico, geógrafo tan bien informado como Alʿuḏrī parece justificar la fertilidad de su suelo por el hecho de que “fue construida entre cinco ríos: el mayor, que es el río Ebro, cuyo curso va de Norte a Sur y bordea la muralla de la ciudad; el río Gállego, que queda al Este y riega las famosas huertas del Arrabal y del Gállego; el río Jalón, a cuya orilla están las ciudades de Medinaceli, Ariza y Calatayud, y que riega la ciudad de Rueda, corre entre llanuras y terrenos abruptos y riega una extensión de tierra incalculable; el río Huerva, llamado Baltas, que viene de Oeste a Este, riega la parte oriental de la ciudad, de Sur a Oeste, siguiendo su curso alrededor de la muralla oriental de la ciudad, rodeándola por tres partes; el río Funtus, que va también de Occidente a Oriente, a la derecha de las murallas, que riega abundantemente varias zonas y con el que se cultivan muchos frutales, aunque no es ni por su longitud ni por su anchura como el río Jalón” (trad. op. cit.).

         Otros geógrafos orientales, como Yāqūt (m. 626/1229) y Alqazwīnī (m. 68 /1283), siguiendo muy de cerca a los autores andalusíes, también se hicieron eco de la riqueza agrícola de Zaragoza, y, ya en época posterior, el magrebí Alḥimyārī (siglo IX / XV), en su  la encarecería al punto de afirmar que “Saragosse est, de toutes les villes, celle qui possède le territoire le plus fertile et les vergers les plus nombreux; les fruits y sont tellement abondants que leur prix est très bas, et même inférieur à celui de leur transport; les paysans les utilisent en guise d’engrais pour fumer les terrains, et on voit parfois vendre le chargement d’une barque remplie de pommes pour un prix qui est l’equivalent, en d’autres lieux, de celui de quelques livres des mêmes fruits (trad. Lévi-Provençal, 1938 : 119).   

En este sentido incide también Azzuhrī (siglo VI / XII) y el Ḏikr bilād al-Andalus(Una descripción anónima de al-Andalús), compilación pseudohistórica de época posterior que, con frecuencia, deriva hacia el género narrativo de los mirabilia, como puede apreciarse en su exagerada descripción de Zaragoza, de la que dice: “En ella no se pudre ni se corrompe ningún alimento, se puede encontrar allí trigo de cien años, uvas rojas de seis, higos, melocotones, granos, manzanas, peras y mirolábanos de cuatro y habas y garbanzos de veinte.  Tampoco se estropean la madera ni la ropa, sea ésta de lana, seda, algodón o lino.  En todo al-Ándalus no hay otra zona más fructífera, más productiva ni que cuente con mejores alimentos, pues es la región más privilegiada, más fértil y mejor situada.  Ciudad agrícola, ganadera y frutícola, está completamente rodeada de jardines en una distancia de ocho millas” (trad. Molina).

         Semejante a “ una motita blanca en el centro de una gran esmeralda –sus jardines- sobre la que se desliza el agua de cuatro ríos, transformándola en un mosaico de piedras preciosas” (trad. Seco de Lucena), al poético decir de Alqalqašandī (siglo IX/ XV), Zaragoza poseía en su área periurbana un gran número de huertos, vergeles y jardines pertenecientes no solo a los aristócratas que disponían de almunias o fincas de recreo próximas a las orillas del Ebro, sino también, a juzgar por la toponimia y por la documentación conservada, a pequeños propietarios que las explotaban por sí mismos o en régimen de arrendamiento, de donde se puede deducir que la propiedad de la tierra se hallaba bastante repartida.  

A falta de datos que permitan describir con mayor exactitud el funcionamiento de la estructura económica de la ciudad, el sistema andalusí de irrigación a gran escala, con una cuidada red de acequias, azudes, norias y otros ingenios mecánicos, junto al desarrollo de técnicas de mantenimiento, fertilización y rotación en los cultivos, favorecieron que en la huerta de Zaragoza abundasen legumbres, hortalizas y árboles frutales de buena calidad, siendo especialmente apreciadas, aparte de las ciruelas llamadas “saraqustíes”, uvas, peras, manzanas, acerolas, nísperos y melocotones, que constituían la principal fuente de ingresos de la población local.

Excepción hecha de los yacimientos de sal gema situados curso arriba del Ebro, en las inmediaciones de Remolinos, y explotadas ininterrumpidamente desde el tiempo de la dominación romana, la minería no parece haber jugado un papel destacable en el extraordinario desarrollo de la actividad artesanal y comercial que, en razón de su privilegiada situación geográfica, que la convertían en “puerta de todas las rutas”,  distinguieron a la Zaragoza islámica.   

Así, de acuerdo a la observación de Arrāzī: “Les habitants de Saragosse son très habiles dans leurs fabrications: c’est ainsi qu’ils font des tissus précieux reputés dans le monde entier plus que tous autres; et tout ce qu’ils fabriquent dure très longtemps” (trad. Lévi-Provençal).  Noticia que  Alʿuḏrī amplía,  concretando que “los habitantes de Zaragoza tienen el mérito de saber confeccionar con maestría las pellizas, de elegante corte, perfectos bordados y textura sin igual, que son los vestidos conocidos con el nombre de zaragocíes.  Esta industria no tiene rival ni puede imitarse en ningún otro país del mundo” (trad. De la Granja).  Ello se corresponde con la importancia que en la ciudad hubo de tener el arrabal de curtidores,  situado en la margen izquierda del Ebro, pues, incluso tras la entrada de Alfonso I en Zaragoza en el año 1118, se convirtió en una suerte de reserva para los musulmanes que decidieron no abandonar su terruño.  

A modo de confirmación de la pujanza de tal industria, la famosa urğūzah de los oficios de Abū Bakr Alğazzār (m. circa 513 / 1120) ilustra a la perfección la vida económica de la Zaragoza del siglo XI.  En efecto, la composición de este poeta y carnicero, llamado también “el poeta de la Aljafería”, en la que replica a los ataques del alfaquí Abū-l-Alburğī, hijo de un peletero, que, al parecer, imaginaba que criticar poesía era como remendar una pelliza desgarrada, mediante una aguda sátira de la profesión del padre de su rival y un encendido elogio de la suya, nos ofrece un extraordinario fresco de la actividad cotidiana en el zoco:

Dije: “Nos haces desear (ver) a un hombre noble y honesto. ¿Hay medio de encontrarlo y conocerlo?”.

Dijo: “Es el bello de atuendo y traje, el conocido como ʿAbdallah al-Burğī”.

Contesté: Lo que Dios quiera y que él maldiga el diablo. Te creía hijo de un señor ministro o de un noble caudillo, pero he aquí que eres la mosca del mercadillo y la barredura de la harina.  A este al que te refieres, ¿quién lo conoce mejor que yo, desde que la desgracia se le plantó encima, donde aletea y le hace de arracadas y pendientes?  Tu tío lo emplea por un óbolo, y le da órdenes y prohibiciones por un precio vil.  No posee ni la piel de un dátil, ni vale lo que un tronco de palmera hueco.  Parece como si lo viera con la cal amasada en su bigote y tiñendo su rostro y camisa.  A menudo el humilde es exaltado y el soberbio rebajado.

Al echarme en cara tú el relleno de los intestinos y la sangre de las venas yugulares, me viene a la mente lo que dijo Dios Altísimo: “ (El hombre) nos propone un símil y olvida su creación…”.  ¿No te acuerdas y desististe o pensaste y sentiste vergüenza?

En cuanto a tu dicho: “Compañeros de los perros y lugares donde se posan las moscas”, digo que todo animal, hable o no, busca su provecho y apartar el daño con las fuerzas naturales cuya composición Dios le dio. A donde encuentra su provecho, hacia allí se inclina y establece.  Dios nos hizo fuente de sustento de muchas naciones, y os hizo a vosotros compartir con las moscas y los perros la necesidad de nosotros y el solicitar el sustento de nosotros, pues somos la mayor fuente de ese alimento para la mayor parte de estas criaturas: (rağāz)

De entre ellos, el mondonguero, el desollador,

el encuadernador y el cocinero,

el pinche, el peletero, 

el curtidor y el herrero,

el vendedor de cabezas, el de balāğa,

y el mozo llamado talabartero,

el que vende bofes, el odrero,

el pergaminero y el botinero,

el vendedor y el fabricante de babuchas

y los de tambores y adufes,

el que hace alcorques y el zapatero remendón,

el cedacero y el que hace correas de las sillas

y cuerdas de laúdes,

las terceras y segundas,

el que encuaderna coranes, el aguador

y luego las busconas de caca, el pellejero,

después, los perros abundantes en número y las moscas.

No hay mentira en mis dichos, ni dejo lugar a dudas

(trad. Barberá).

   Al margen de la floreciente industria peletera, las fuentes árabes consignan el aprecio que se tenía no solo a la cerámica dorada de Calatayud, sino también a la de Zaragoza, de la que se han conservado piezas procedentes de los hornos que se concentraban en el barrio de los alfareros, enclavado en las proximidades de la puerta de Toledo (en el actual barrio de San Pablo).   Y las fuentes cristianas, entre ellas, algunas de las más importantes obras de la literatura francesa medieval, vale decir, la Chanson de Roland y el Roman de Troie,  encarecen espadas, yelmos y lanzas de fabricación zaragozana.  

Por otra parte, fuera de que, tras la conquista cristiana de la ciudad, muchos de los musulmanes que quedaron sometidos (mudares, mudāğğan) se dedicasen a actividades relacionadas con la construcción, grande era también la estimación de que gozaban los alarifes locales, a juzgar por los cronistas árabes, vivamente impresionados por la gran actividad del sector, sobre todo, tras la creación de la taifa de Zaragoza.   

Importa subrayar que por mucho tiempo la ciudad conservó la fisonomía de la antigua colonia romana: rodeada por una muralla que circuía un rectángulo irregular de unos 600 x 900 m, estaba dispuesta en torno a dos grandes vías, cardodecumanus, que conectaban las cuatro puertas de la ciudad, Bāb al-Qanṭarah o Puerta del Puente, en el norte, Bāb al-Qiblah o de Puerta de Valencia, en el este, Bāb al-Yahūd o Puerta de Toledo, hacia el oeste, y Bāb aṣ-Ṣinḥāyah o Puerta Cinegia, en el sur, siguiendo un plan cruciforme que, según una tradición que no se corresponde exactamente con la realidad, presentaba como particularidad, señalada por Alḥimyarī, la orientación de sus puertas: “Une première porte, dans l’axe de laquelle le soleil se lève le jour du solstice d’été; une seconde, exactement a l’opposé de la précédent, dans la partie occidentale de la ville, et dans l’axe de laquelle le soleil se couche le même jour; une troisième, la “porte du Sud” (al-bāb al-qiblī), dans l’axe de laquelle le soleil se lève le jour du solstice d’hiver; une quatrième, enfin, a l’opposé de la précédent, dans la partie occidentale de la ville, et dans l’axe de laquelle le soleil se couche le même jour” (trad. Lévi-Provençal).

 Además, en el ángulo noroeste de la muralla, se hallaba la sede del gobernador, fortificación conocida como Assuddah, y toda la ciudad estaba protegida por un foso, cuyo lado norte lo constituía el Ebro mientras que los tres lados restantes aprovechaban los desniveles naturales del terreno.  Este trazado urbano, determinado por el núcleo preexistente, no dejó de suscitar admiración entre los geógrafos árabes, como pone de relieve el geógrafo magrebí en su descripción de la ciudad:  “Elle occupe une vaste étendue de terrain, est populeuse, et ses quartiers son largement étalés : elle possède de larges rues, des maisons et des residences fort belles ; elle est entourée de jardins et de vergers.  Elle est pourvue d’un rempart de pierre très solide (…).  Saragosse porte aussi le nom de “Ville Blanche”, qu’on lui a donné a cause de la grand quantité de plâtre y de chaux qui s’y trouve.  Une particularité de cette ville, c’est que les serpents n’y pénètrent jamais: si on y apporte un serpent, il meurt sur le champ. Certains prétendent qu’il se trouve a Saragosse un talisman contre les reptiles.  D’autres disent que, pour la plupart des constructions de cette ville, on a utilisé du marbre qui est une variété de sel gemme, et qui a pour propiété d’écarter les serpents des endroits où on l’a employé: il en est aussi dans beaucoup de districts. Saragosse possède un pont de dimensions remarquables, que l’on franchit pour accéder a la ville ; celle-ci est dotée de remparts solides et de constructions élevées (trad. Lévi-Provençal).  

Por otra parte, la constitución de la ciudad islámica exigía como requisito indispensable la existencia de una mezquita aljama, que, al parecer, fue erigida entre el 95/714 y el 97/716 sobre el templo visigótico de San Vicente, destacando en ella su miḥrab, al decir del autor del Ḏikr bilad al-Andalus, “un bloque de mármol blanco de una sola pieza ahuecado con una maestría asombrosa y un arte maravilloso, encima del cual se colocó una concha de formas perfectas; en todo el mundo no existe un miḥrāb semejante” (trad. Molina).

 En su afán por dotar de prestigio a la refundación islámica de Zaragoza mediante la conjunción de un símbolo económico (el zoco), un símbolo político-administrativo (la zuda), un símbolo militar (la muralla) y símbolo poblacional (los baños) los cronistas árabes se encargan de subrayar que en la construcción de esta mezquita, el símbolo religioso, por excelencia, y en la perfecta orientación de su miḫrāb, participó Aṣṣanʿanī, uno de los musulmanes de segunda generación que entraron en Alandalús con Musa b. Nusayr, acompañado de un tal Allaxmī.  Enterrados ambos en el cementerio de Bāb al-Qiblah, según la tradición, su fama de hombres santos está asociada a múltiples leyendas, casi todas ellas de elaboración tardía, y algunas, como la que habla de las luces que irradiaban de sus tumbas, relacionadas con tradiciones cristianas, en concreto, con la que consigna San Isidoro sobre las sepulturas  de los Santos Mártires que hacían brillar a la ciudad.   Así lo manifiesta Azzuhrī cuando declara que “se le llama las ciudad blanca pues sobre ella hay una luz blanca que no se oculta a nadie ni de día ni de noche.  Los cristianos pretenden que aquella luz ya existía desde su fundación, pero los musulmanes dicen: “Existen desde que fueron enterrados en ella los dos justos (…) –Dios esté satisfecho de ambos-.  Hay diversidad de opiniones sobre si fueron compañeros del Profeta –Dios le bendiga y le salve-” (trad. Bramón).

   Además de la madīnah propiamente dicha y de los arrabales que, a partir del siglo III / IX, empezaron a surgir en sus inmediaciones como consecuencia del gran desarrollo demográfico de la ciudad, Zaragoza abarcaba, en su circunscripción territorial, un buen número de distritos, como Belchite, Cazarabet, Cutanda, Fuentes, Gállego, Jalón, Pleitas y Zaydūn, y multitud de fortificaciones, pueblos y aldeas, entre ellas, Alcañiz, Caspe, Calanda, Montañana, Ricla, Rueda de Jalón y Zuera, núcleos de población, al parecer, de una alta densidad demográfica, que contribuyeron sobremanera a la prosperidad de su actividad comercial.  Centrada esta en el mercado regional, hay constancia de intercambios comerciales de tipo internacional desde temprana fecha, como certifica el hecho de que se haya conservado alguna moneda acuñada por los ʿabbāsíes en Oriente en el siglo  II/VIII y, de un modo más palmario, el que a principios del siglo III/ IX Ludovico Pío garantizase la protección de Abraham, mercader judío de Zaragoza, si bien, hasta bien entrado el siglo V/XI, no hubieron de desarrollarse estas transacciones a gran escala.  Por otra parte, las buenas comunicaciones aseguraban la integración de Zaragoza en la actividad mercantil andalusí,  circulando monedas emitidas desde Córdoba durante los siglos II/VIII al V/XI. 

Mención aparte merece el hecho de que, tras la constitución de los reinos de taifas en el primer tercio del siglo V / XI, la dinastía tuğībī, que se alzó con el poder en Zaragoza, fuese la primera en acuñar moneda propia.  Como refiere A. Prieto Vives (1926) en su estudio clásico sobre la numismática en la época taifal, Yaḥya b. Munḏir puso en circulación dinares que, ya en el año 415 / 1024,  incluían una leyenda que rezaba: “Alḥāğib Munḏir”.  El continuador de la dinastía, Munḏir b. Yaḥyà, además de inscribir el título de ḥāğib, hizo que figurase en la segunda área de las monedas el sobrenombre de tipo califal de “Muʿizz Addawlah”, y, a partir del año 428 / 1037,  el de “Nābil”, calificativo habitualmente reservado para el califa.  Inscrito en ellas el nombre del califa cordobés Alhišām III desde el año 423 hasta el año 428, en que, efectivamente, fue depuesto, también aparece a partir de entonces el genérico de “ʿAbdallāh”, al que recurrirían de ordinario otras taifas con ceca propia.  

Exponente de la prosperidad de la taifa de Zaragoza y del deseo de rivalizar en importancia comercial con la dinastía ḥammūdī, la única en acuñar en la misma época moneda de oro, tal práctica pervivió con la llegada al poder de la dinastía hūḏī, y, aunque Sulaymān b. Hūḏ y su hijo, Aḥmad b. Sulaymān, conocido luego como Almuqtadir billāh, pusieron en circulación, fundamentalmente, dírhemes de plata, como ponen de manifiesto las series conservadas, que alcanzan desde el año 430/1038 al año 489/ 1105, la emisión de moneda se convirtió en uno de sus principales argumentos a la hora de legitimar su soberanía y hacer ostentación de un poder que, sobre todo en el caso de Aḥmad b. Sulaymān, estaba entreverado de ambiciones expansionistas.

  Según refleja la documentación aragonesa del siglo XI, en la que se aprecian ya signos evidentes de una estrecha relación comercial entre cristianos y musulmanes, mediante “mancusos de oro”, con toda probabilidad, acuñados en la ceca de Zaragoza, los régulos de la taifa compraban la protección militar de los reyes y nobles cristianos que enseñoreaban los territorios fronterizos, gravando con estas parias a la población local, que, atribuyendo la decadencia de Alandalús a la intervención de los enemigos del islam en su política interna, no podía por menos que criticar sistemáticamente a sus dirigentes.  Extremo que se manifiesta ya en alguna composición de Ibn Darrāğ Alqasṭallī, poeta aúlico de la dinastía tuğībī, esta compleja política de alianzas con los señores cristianos alentaría cada vez más el descontento popular, estado de cosas contra el que clama el más celoso propagandista de los monarcas hūḏíes, el ya citado Alğazzār:

Atribuís la injusticia a vuestros gobernantes

Y os hacéis los dormidos en cuanto a vuestras malas acciones.

No les atribuyáis eso a ellos, pues

Vuestros gobernantes son como  vuestras acciones.

Por Dios, que si tuvierais el poder por una hora,

No pasaría la justicia por vuestras mentes

(trad. Barberá).

         Principal centro político, económico y administrativo de la zona comprendida por el valle medio del Ebro, Zaragoza, que, durante los siglos IV-V / X-XI, llegó a contar con una población aproximada de 25.000 habitantes, según las estimaciones de L. Torres Balbás, presentaba una compleja organización social, tanto por su diversidad étnica como por la gran actividad comercial a que daba lugar su alta densidad demográfica.  Estratificada, como toda sociedad islámica,  en una minoritaria clase dirigente y en una gran masa de población considerada como vulgo, en su cúspide se hallaban los representantes del poder, grandes familias de la aristocracia árabe, como los Banū Fūrtiš, los Banū Ṯābit Alawfī, los Banū Muḥammad b. Qāsim, los Banū Saʿd Attuğībī, etc., que acostumbraban a rodearse de una élite ilustrada, formada por ulemas y alfaquíes, en tanto que depositarios de la ciencia religiosa, y por visires y secretarios, que, acreditados por una brillante cultura, se encargaban de gestionar los asuntos del gobierno.  El resto de la población pertenecía a la clase baja e incluía a personas de diferente estado y condición, desde esclavos hasta pequeños propietarios de tierras, pasando por artesanos y comerciantes, agrupados por núcleos, familiares y tribales, cuya categoría se perpetuaba de generación en generación, no obstante documentarse casos de ascensos –y descensos- dentro de la escala social merced a los méritos individuales de cada persona.  

En efecto, como con acierto ha señalado M. Marín, en la sociedad andalusí, “el elemento regulador más significativo es el establecimiento de lazos personales de lealtad y parentesco.  Al iniciar su reinado, los emires y califas reciben el testimonio personal de reconocimiento por parte de los miembros más importantes de su familia, los jefes militares y altos funcionarios y los representantes de la administración judicial y otros grupos sociales.  Se formaliza así un “contrato” de lealtad por el que los firmantes comprometen su obediencia al príncipe, que a su vez se obliga a protegerlos y a mantener los principios del Islam.  Sobre ese modelo de intercambio social se articulan también las relaciones entre amos y esclavos y se forjan las redes de clientela entre árabes y no árabes o entre grandes personajes y sus protegidos.  La aplicación de este sistema de relaciones suponía, en la práctica, que las obligaciones y derechos entre las personas primaban sobre el establecimiento de marcos institucionales abstractos.  Se favorecía, así, la capacidad de los individuos para escapar a sus condicionamientos de origen, lo que explica la paradójica –a la mirada occidental- situación  de que, por ejemplo, personas con estatuto jurídico de esclavo pudieran alcanzar los más altos cargos de la administración”.

En este orden de cosas, que se reproduciría en todas y cada una de las taifas después de la caída del califato, el estudio y la milicia eran los más importantes medios de promoción social y, así, en adquirir una sólida formación jurídico-religiosa y literaria o en destacar en el ejercicio de las armas cifraban sus esperanzas quienes aspiraban a formar parte de la élite social.  Los buenos servicios prestados en el ejército de Almanzor por los tuğībíes Yaḥya y su hijo, Munḏir, a la postre el fundador de la taifa de Zaragoza, hubieron de elevar al primero de su condición de jinete sin rango a integrante de las tropas regulares del caudillo ʿāmirī y, en cuanto al segundo, sus probadas cualidades guerreras le valieron el ascenso a general antes de la muerte del dictador cordobés acaecida en el año 393/1002.  No menos practicada era la senda del estudio que, tanto en su vertiente religiosa como en su aspecto más profano, garantizaban el acceso a los más destacados cargos de la judicatura y de la administración, como prueban fehacientemente los repertorios biográficos de sabios y literatos andalusíes, donde proliferan nombres como Ibn Addabbāg (el hijo del pellejero), Ibn Aṭṭaḫḫān (el hijo del molinero), Ibn Alḥaddād (el hijo del herrero), que denuncian bien a las claras la baja extracción social de sus ancestros familiares.

En lo que respecta a la diversidad étnica de la población, fuerza es recordar que, en los tiempos de la conquista islámica, habían convivido en Zaragoza elementos autóctonos: hispanorromanos, ya fuesen cristianos o judíos, y godos, y elementos alógenos: árabes, en su mayor parte, del sur, esto es, kalbíes o yemeníes, y bereberes, poco arabizados y, muy probablemente, aun en proceso de islamización.  Con el paso del tiempo, a ellos habrían de superponerse los muladíes, personas que, por convicción o por las ventajas sociales que ofrecía la conversión, decidieron islamizar, adscribiéndose, entonces, según costumbre implantada en todo el imperio islámico, como clientes de una familia árabe o bereber.  Tras las guerras civiles suscitadas por los bereberes y por los continuos enfrentamientos entre árabes del norte y árabes del sur a lo largo y a lo ancho de Alandalús en el primer siglo de dominación islámica, los muladíes, que con frecuencia reaccionaron contra la estructura clánica de la aristocracia árabe que ostentaba el poder, dominaron la escena política de la Marca superior de modo que linajes como el de los Banū Qasī, descendientes de un conde godo convertido, según refiere la tradición, en presencia del califa omeya de Damasco, el de los Banū Šabriṭ y el de los Banū ʿAmrūs ejercieron un poder omnímodo en el área de influencia del valle medio del Ebro, desafiando incluso a la autoridad estatal de los omeyas cordobeses que, en multitud de ocasiones, hubieron de recurrir al ejercicio de la fuerza para mantener a raya sus aspiraciones independentistas. 

Junto a las grandes familias de la aristocracia árabe y a la nobleza terrateniente integrada por los muladíes, que compartieron el poder en esta zona entre los siglos II/ VIII y IV/X,  hay que consignar la existencia de un más bien escaso contingente de bereberes, cuyo número, eso sí, se incrementaría con la llegada de las tropas almorávides a comienzos del siglo VI / XII, como ha puesto de relieve el reciente descubrimiento arqueológico del arrabal de los Ṣanḥāyah, enclavado en el sur de la medina.  Al margen de esclavos, procedentes de África, del norte de Europa y de los reinos cristianos, que, a lo largo y a lo ancho de todo el imperio araboislámico, constituían mercancía que rendía pingues beneficios,  completaban este abigarrado panorama étnico los godos e hispanorromanos cristianos y judíos, que optaron por mantenerse en su religión, los cuales, acogiéndose al estatuto de ḏīmmíes mediante el pago de una capitación personal (ğizyah), disfrutaban de sus bienes y pertenencias y de cierta autonomía social.  En efecto, tanto cristianos como judíos poseían autoridades propias, y, así, los mozárabes, además del comes o defensor, y el exceptor, encargado de la leva de impuestos, que desempeñaban labores de representación ante los gobernantes de la ciudad, contaban con el obispo y con un juez propio que dirimía los litigios suscitados por los miembros de su comunidad. El frecuente intercambio comercial con los reinos cristianos y la política de alianzas seguida por los gobernantes musulmanes, sobre todo, a partir de la constitución del reino de taifa favorecieron una atmósfera general, ya que no de libertad, sí de gran tolerancia religiosa, uno de los pilares del esplendor científico y cultural de la Saraqusta del siglo V H./XI d.C. 

    

  

Publicado por fanduj

"... me gusta el río / jugar al fútbol / y estar ausente..." (R.B.)

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