El poeta carnicero

Poeta que presumía de su oficio de carnicero (de donde su sobrenombre: al-Ŷazzār, el Carnicero, en árabe), Abū Bakr Yaḥyà b. Muḥammad al-Ŷazzār al-Saraqusṭī nació en el seno de una familia de pequeños terratenientes y, con el paso del tiempo, llegó a prestar servicios de secretario en la cancillería hūḏī, en concreto, para el visir Abū ʿAbdallāh Muḥammad b. Zurārah, desarrollando su actividad literaria durante el reinado de al-Muʾtaman y de al-Mustaʿīn, es decir, entre 1085 y 1110.  Como secretario, gozó del privilegio, reservado únicamente a príncipes y grandes ministros, de poder corresponder mediante tawqīʿat, notas escritas al margen o en el reverso de los documentos oficiales, a las peticiones elevadas por los súbditos del monarca, como certifican un par de poemas que con esta forma se nos han conservado gracias a la Daḫīrah de Ibn Bassām. 

A lo que se ve, ni realizó estudios en el campo de la poesía ni traspasó jamás las lindes de la Marca Superior, lo cual no fue óbice para que ya en vida gozara de cierta consideración como poeta en el conjunto del territorio andalusí, si bien Ibn Bassām no dedica demasiada atención a sus obras y composiciones en la citada antología. Ello no obstante, en el Rayāt al-mubarrizīn (Libro de las banderas de los campeones) de Ibn Sa‘īd al-Maġrībī, de fecha muy posterior, eso sí, figura como el autor más representativo de la taifa de Zaragoza.

Por su diván sabemos que frecuentaba el círculo de íntimos de Ibn Bāqī, hijo del régulo de Medinaceli que terminó instalándose en Zaragoza tras perder el gobierno de esta ciudad, y que en las sesiones literarias que este patrocinaba coincidió con el poeta y alfaquí Abū-l-ḤasanʿAlī b.ʿAbdallāh al-Ġifārī al-Burŷī, al que, en respuesta a ciertos versos que afeaban su baja extracción social, en cierta composición moteja como al-Farrāʾu (el Pellejero), no obstante tratarse de un hombre versado en ciencias coránicas y de rancio abolengo árabe.  Réplica a otra invectiva de este poeta y alfaquí borjano, la famosa urŷūzah de los oficios de al-Ŷazzār ilustra a la perfección sobre la vida económica de la Zaragoza del siglo XI presentando un extraordinario fresco de la actividad cotidiana en el zoco. En cualquier caso, ambas composiciones muestran bien a las claras el carácter orgulloso del poeta carnicero y su talante polémico inclinado a la composición de sátiras, como se echa de ver también en las cruzadas a cuenta de su oficio con el célebre Abū Bakr b. ‘Ammār, en otro tiempo visir de al-Muʿtamid de Sevilla, y con el ministro secretario judío Abū-l-Faḍl b. Ḥasdāy al-’Isrāʾīlī.  Es el caso que, enterado el primero de las prendas literarias del zaragozano al poco de llegar a la taifa de Zaragoza, se trasladó a verlo al lugar donde despachaba su género y allí se dirigió a él a través de un verso al que al-Ŷazzār replicó de inmediato con otro de idéntico metro y rima, demostrando sus buenos oficios como poeta.  Más agria fue la respuesta que obtuvo de él el visir judío, que lo había zaherido atribuyendo su abandono del arte de la poesía y su regreso al tajo de carnicero a causa precisamente de su estilo pobre y desmañado.  Su contestación, que constituye la pieza más célebre de su dīwān, la casida en bāʾu, pone de relieve, además de la prontitud de ingenio del zaragozano, su mordacidad y, sobre todo, un profundo conocimiento de la poesía árabe clásica, pues, haciendo gala de él, recurre al tópico del faḫr o jactancia para encarecer las virtudes de los miembros de su gremio y al humor (hazl), no exento de acre ironía, para denostar los vicios de los poetas de su tiempo. El poema, en la excelente traducción de Salvador Barberá Fraguas, dice así: “Me echas en cara dedicarme a la carnicería, / pues el que desconoce el valor de una cosa le encuentra defectos. / Si poseyeras un poco de mi arte, / no lo cambiarías ni por ser mayordomo de palacio. / (…) He adquirido todas las artes de la limpieza,/ por lo que ante mí a diario se inclinan las moscas. / (…) Por tu vida, no dejé la poesía hasta que vi / a la avaricia encender su llama. / (…) La poesía ha venido a ser ornamento / de proxenetas y bufones, / y sus hijos son entre la gente los más bajos y despreciados / a los ojos de las liendres. / Si quieres ser alabado, compón un verso y busca con él la recompensa. / Pues los habitantes de la tierra se han hecho todos /lobos, yo busco hacerlos mis víctimas”.

Admirador de la poesía neoclásica de Abū Tammām, al-Ŷazzār gustaba de utilizar tropos y figuras que revelan su maestría en el manejo de la retórica (badīʿ), lo que se refleja a la perfección en sus panegíricos, género al que debe buena parte de su posteridad poética.  Uno de ellos, dirigido al maestro de obras del palacio de la Aljafería, el eslavo Zuhayr, con motivo de su boda, le ha hecho acreedor a ser considerado como el poeta de la Aljafería, pues que en él se halla contenida la más extensa descripción de este lugar de que tenemos noticia.

Ligado su destino al de los soberanos hūḏíes, a los que sirvió como poeta y secretario hasta que en el año 1110 el gobernador almorávide al-Ḥaŷŷ se adueñó de Zaragoza, el poeta carnicero asumió la defensa de la arabidad de sus mecenas, tomando parte en la refutación del sentimiento nacionalista que cundía a lo largo y a lo ancho de al-Ándalus tras la redacción de la conocida epístola de Ibn García, hijo de cristianos vascos y secretario en la corte de los reyes –de origen eslavo- de la taifa de Denia, al tiempo que, respondiendo a una finalidad propagandística, se proponía legitimar la anexión de la taifa de Denia por parte del régulo de la taifa de Zaragoza, habida cuenta del recelo que entre los musulmanes de al-Ándalús suscitaba la política expansionista del soberano hūḏí. 

Mención aparte merece la poesía estrófica de al-Ŷazzār, diez moaxajas que, transidas de una elegante sencillez, constituyen corpus más que representativo de un autor al que cabe identificar como a uno de los más tempranos cultivadores del género tradicionalmente considerado como la principal contribución de al-Ándalus a la literatura árabe.  Ajustándose al esquema pluritemático de la casidaclásica, el poeta zaragozano utiliza en ellas los temas usuales en la lírica del momento, fundamentalmente, el amoroso, al que corresponden ocho moaxajas, y el panegírico, objeto de las otras dos, desarrollados por medio de motivos también de larga tradición y fortuna: el lamento por la separación de la amada, la descripción de su belleza, el recuerdo de las veladas pasadas en su compañía, etc.  El efecto estético conseguido por la superposición de dos registros, lingüísticos y literarios, antagónicos, vale decir, el árabe clásico y los recursos de que provee la casida, por un lado, y el árabe dialectal, plagado de romancismos, y la forma estrófica de una composición salpimentada por la gracia de la jarcha, por el otro, contribuyó en no pequeña medida a convertir a al-Ŷazzār en el poeta más afamado de la taifa de Zaragoza, modelo que habrían de imitar autores de la talla de Avempace o del Ciego de Tudela y síntesis más que perfecta del esplendor vivido por la poesía en la otrora capital de la Marca Superior a lo largo del XI.

Obras de ~: Abū Bakr al-Ŷazzār, el poeta de la Aljafería.  Dīwān (ed. bilingüe de Salvador Barberá Fraguas), Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza-Instituto de Estudios Islámicos y del Próximo Oriente-Instituto de Estudios Altoaragoneses-Departamento de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón, 2005.

Publicado por fanduj

"... me gusta el río / jugar al fútbol / y estar ausente..." (R.B.)

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Primeros pasos
A %d blogueros les gusta esto: