Kerbala hoy

Recién estrenado el Año Nuevo islámico, una buena porción de musulmanes, los llamados “chiíes”,  han celebrado esta semana una de las fiestas mayores de su calendario, la āšūrāʾ.  La ʿāšūrāʾ, que este año ha coincidido con nuestro 10 de septiembre, conmemora el martirio de Husein y los suyos en Kerbala, Irak.  O, por atenernos únicamente a los hechos históricos, la derrota sufrida por el destacamento comandado por el hijo pequeño de Alí y Fátima y sus partidarios chiíes (del árabe šīʿah ‘partido’) a manos de las fuerzas leales al califa omeya Yazid I el 10 de muḥarram del 61 de la hégira (680 de la era cristiana).  

Así las cosas, en los territorios de mayoría chií, como Irán o amplias zonas de Irak, todos los años con motivo de la āšūrāʾ se vive una suerte de Semana Santa more islamico en la que no faltan multitudinarias procesiones con pasos presididos por miniaturas del mausoleo de Husein y cortejos de atribulados penitentes que ora se flagelan la espalda, ora se golpean el pecho a ritmo de atabal, al tiempo que mujeres de luto riguroso se deshacen en lágrimas o a voz en grito se lamentan cual madres dolorosas.  Para completar el cuadro, en estas fechas abundan las taʿziyāt, representaciones dramáticas acompañadas de música y canto que, a la manera de misterios medievales, escenifican la Pasión y Muerte de Husein, con episodios tan espeluznantes como aquel en el que los generales victoriosos en Kerbala le ofrecen a Yazid I la cabeza del álida presentada en una bandeja, como la de san Juan Bautista a Herodes Antipas y Salomé en la tradición cristiana.

Máxima expresión de la religiosidad chií, que a lo largo de los siglos ha hecho del sufrimiento su razón de ser, la muerte de Husein en Kerbala y su conmemoración anual en el duelo de muḥarram” y, muy especialmente, el día de la āšūrāʾ arrojan luz sobre la situación del mundo islámico en la hora presente, dolorosamente escindido en dos facciones que se disputan a la sazón la hegemonía en Oriente Medio.  A vueltas con la legitimidad, de manera ciertamente simétrica, tanto la teocracia chií de los iraníes como la dinastía saudí, adalid del wahabismo recalcitrante de Arabia y de las monarquías del Golfo, reclaman para sí el liderazgo de la comunidad islámica invocando para ello la autoridad religiosa de sus dirigentes o la ortodoxia de un régimen auténticamente sunní (del árabe sunnah, que bien podría traducirse como ‘camino transitado’).  Y es que religión y política corren parejas en el mundo islámico ya desde sus orígenes, lo que –fuerza es reconocerlo- parece dejar poca opción (más bien ninguna) a sistemas de gobierno que, llegado el caso, no mezclen lo terrenal y lo celestial cuando se trata de justificar acciones de difícil justificación. Pruébanlo mejor que nada las muchas Kerbala que tienen lugar a lo largo y a lo ancho del mundo islámico en este mismo instante: además de la Kerbala irakí, ahora repleta de una multitud de peregrinos, las mil y una Kerbala del Yemen, de Siria, de Afganistán, donde chiíes y sunníes inclemente, inmisericordemente se masacran entre sí, donde yihadistas esclavizan a sus correligionarios so capa de un pretendido Estado Islámico, donde muyahidines combaten contra musulmanes de pro, y no precisamente en el camino de Dios.

Publicado por fanduj

"... me gusta el río / jugar al fútbol / y estar ausente..." (R.B.)

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