Y tú más

Campaba Abderramán III muy a su solaz por los montes de Cadrete, luciendo en busto de hermosa factura como promotor de la construcción de la antigua atalaya, cuando llegó la nueva alcadesa de la localidad y, en gesto que tiene mucho de declaración de principios, decretó la expulsión del omeya del lugar en el que se ubicaba, a lo que parece, por su carácter belicoso y un tanto machista, razones de peso para desterrar de la memoria de cualquier pueblo que se precie a quien se distinga por atributos tan dignos de execración, y ello por muy califa que se haya sido en algún otro milenio. 

Nadie con memoria histórica pondrá en duda la belicosidad de este Abderramán al que, sin embargo, debemos algunas de las páginas más gloriosas de nuestro pasado: la capitalidad cultural de Córdoba, el rescate de la civilización grecolatina, su interés por lo artístico y por lo monumental, que testimonian aún hoy vestigios de atalayas como la de Cadrete o, más fastuosamente, Medina Azahara, ciudad residencial construida en honor de una de sus concubinas para consolarse de una derrota sufrida frente a las huestes cristianas.  Y es que a este Abderramán, además de belicoso, también hay que suponerlo mujeriego, con las cuatro esposas que permite la sharía y un nutrido harén a su disposición, de donde tal vez provenga el machismo que parecen atribuirle quienes sin duda desconocen los términos de la ley islámica, que prescribe el trato igualitario para las cuatro esposas legítimas, lo que casi imposibilita en la práctica el ejercicio de la poligamia, o quienes pretenden equiparar la esclavitud sexual de nuestros días con la realidad vivida por las mujeres en las cortes de Alandalús o, tiempo después, en los señoríos cristianos con derecho de pernada.  Porque, como no es cosa de discriminar a nadie por tocarse con turbante u ostentar una cruz en el pecho, es de esperar que, por ejemplo, en todas las localidades de la geografía española emparentadas con el Cid (Señor, en árabe, por cierto) tomen buena nota del brioso gesto de la alcadesa de Cadrete y, siguiendo su modelo, descabalguen de sus plazas al Campeador si se halla sobre una estatua ecuestre, ya que no por machista, pues ningún cronista recogió en su día quejas de su esposa, Jimena, ni sus literarias hijas, Elvira y Sol, por insolente, por traidor y por felón.  Porque, mirado y remirado con ojos de 2019, el Cid Campeador, nuestro primer héroe nacional, no dejó de ser un mercenario al servicio del mejor postor, sin ir más lejos, Al Mutaman, el reyezuelo de la taifa de Zaragoza que lo contrató para defenderse de quienes, cristianos y musulmanes, lo hostigaban desde todos los flancos, quizá también desde la atalaya de Cadrete. Y ello, más que nada, con el fin de evitar el escándalo que supondría para nuestra posteridad patria que, al ser motejado de pendenciero y maltratador, Abderramán III, allá en el panteón de los ilustres, levantase la cabeza y, para empezar, apuntando con el dedo al Cid o a Fernando el Católico o al emperador Carlos V o a Felipe II, el de la Armada Invencible, con justa cólera exclamase: “Y tú más”.  

Publicado por fanduj

"... me gusta el río / jugar al fútbol / y estar ausente..." (R.B.)

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